¡Mucho cuidado con la historia patria!
Por Emilio Barreto Ramírez
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| Gerardo Machado Morales, General del Ejército Libertador y presidente de la República de Cuba (1925-1933). |
Al menos hasta ahora no se puede afirmar que exista una intención de blanquear en la historia de Cuba la gestión de Gerardo Machado como presidente de la República, pero sí hay un propósito de excesiva sublimación del paso del General Mambí por el Palacio Presidencial. Semejante desatino no es la propuesta de una corriente de investigación histórica seria, sino un punto de vista independiente que en fecha muy reciente ha recibido un espacio en CiberCuba: medio de prensa cubano establecido en el exilio miamense. Se trata de un empeño de revisionismo histórico cuyo enfoque no niega los excesos criminales de Machado en su segundo período (1929-1933): cuando se expandió desde el autoritarismo hasta la dictadura, pero peca de excesiva indulgencia en el acto vehemente de no ser frontal con los desmanes de Machado en ese lapso, así como también por aplicarle maquillaje con cosméticos al dictador por medio del engrandecimiento desmesurado de las obras pública y económica conseguidas en el primer período (1925-1929).
¿Pero de dónde proviene esta iniciativa ignorante y grosera para un debate actualizado? Pues de la necesidad excesivamente pueril -y por tanto irracional- de provocar un encontronazo inútil con la historiografía construida en la Cuba posterior al 1 de enero de 1959, la cual jamás ha negado la ganancia neta dejada por la creación sobre todo de infraestructuras en el primer período del presidente Gerardo Machado. Esta corriente revisionista, integrada por intelectuales e historiadores independientes, se propone acaso un rescate institucional porque la República anterior a la debacle socialista ha sido -imposible negarlo- ninguneada por las políticas informativas salidas de las directivas ideológicas del PCC.
Lo segundo (el ninguneo al cual ha sido relegada la historia patria durante los años de democracia en Cuba) es certeza; lo primero (el rescate institucional de la historia del gobierno de Machado) es una idiotez inescrupulosa. ¿Por qué? Pues porque las obras públicas y económicas realizadas durante el primer período de la presidencia de Gerardo Machado son tangibles y han sido perfectamente divulgadas: primero se halla la consecución de una infraestructura vertebral para el país: concretada en una vigorosa y expedita Carretera Central. También por el aporte indiscutible a la construcción simbólica de lo público: este logro se ha podido palpar, generación tras generación, en el acabado arquitectónico del Capitolio Nacional de La Habana, así como en la función institucional que le fue otorgada. Al mismo tiempo, al gobierno de Gerardo Machado se le reconoce el empeño de modernización de la Universidad de La Habana: un centro de altísimo nivel docente que primero fue Real y Pontificio y más tarde Universidad pública que constituye, después de la Iglesia católica, la segunda institución más veterana en el acompañamiento del pueblo cubano en el itinerario de la identidad nacional. Finalmente se halla el impulso de una perspectiva para el nacionalismo económico que se fraguó sobre la base de la Ley de Reforma Arancelaria (1927), la cual procuraba la protección de la industria más la producción agrícola endógena en franca competencia con las importaciones. Esta Ley consiguió que la economía cubana no dependiera absolutamente de la producción y venta de azúcar de caña. Cuanto éxito he señalado se halla dentro del período 1925-1929. Este lapso constitucional aparece muy bien diagnosticado y analizado en La Revolución del 33, de Lionel Soto: un libro publicado por la Editorial de Ciencias Sociales, de La Habana, durante la década de 1970. Esta obra disecciona el contexto político, económico y social de Cuba durante toda la República Burguesa. El libro de Lionel Soto, habitual en los planes de estudio en las carreras de ciencias sociales de la Universidad de La Habana en las décadas de 1980 y 1990, indaga a fondo en la causa de la crisis política que la historia ha reconocido con el nombre de “el machadato”, así como la ascendente oposición liderada por jóvenes obreros y estudiantes, más la ulterior mediación encargada a Sumner Welles por el gobierno de los Estados Unidos y los sucesos para la subversión del orden que terminaron por expulsar al Dictador en agosto de 1933.
Por eso, y por otras razones ligadas a la responsabilidad intelectual, toda pretensión de sublimar excesivamente el machadato se estrellará contra la historia bien documentada. El primero de los desmanes políticos de Gerardo Machado -pasado por baño de María en la actual perspectiva revisionista- fue la ilegitimidad constitucional conocida como la “Prorroga de poderes”: una reelección chapucera y por tanto inconstitucional que ya presagiaba el advenimiento del autoritarismo más feroz. Machado se hizo reelegir frente a una oposición fabricada, por medio de la cual el Presidente Autoritario enrareció el espíritu democrático de la Constitución de 1901. Es necesario expandir demasiada mediocridad intelectual para intentar limpiar el hollín del rostro irredento de quien en 1929 vapuleó hasta la médula la más genuina de las armas para cualquier sociedad democrática: “el voto libremente otorgado”. Después tenemos la violencia de Estado: a través de este recurso aborrecible, Machado le dio riendas sueltas a la policía secreta que encabezó el paramilitarismo estructurado en “La Porra”: ejecutora de asesinatos de líderes estudiantiles y obreros. La tercera aberración fue el colapso económico, pues coincidió con la Gran Depresión de 1929. Para entonces ya el estadista de ímpetu modernizador se había sumido en la opacidad del descrédito como resultado del autoritarismo debido a la insoslayable propensión a la negligencia política. Enfrentar críticamente la desfachatez del sistema ideológico del PCC, así como su política informativa, no implica falsear la historia; basta con levantar la vista y observar la sociedad clausurada que habitan desde hace décadas los cubanos dentro de Cuba.
Para ilustrar al menos una parte central del contexto político cubano durante el segundo período de Gerardo Machado, he decidido reproducir un discurso pronunciado por el periodista, abogado y entonces Representante a la Cámara (diputado), Evelio Álvarez del Real. En su alocución, realizada el 13 de abril de 1931, el doctor Álvarez del Real hace una exaltación del respeto al civismo que entraña la lucha política con los recursos de la democracia, a saber, la negociación y el acuerdo sobre la base de la libre expresión. Álvarez del Real enarbola estas grandezas en un instante álgido de la política en la sociedad cubana.
Para fundamentar su tesis, Álvarez del Real expone el cooperativismo como concepto y como práctica. El cooperativismo es la decisión de actuar mancomunadamente entre liberales y conservadores en la gestión de la cosa pública sin que esta capacidad disminuya la personalidad política de cada partido. Como testimonio de articulación, el orador hace un recuento de los avances en las negociaciones durante más de un cuarto de siglo. Sin embargo, deja ver con claridad que en la Cámara de Representantes, históricamente el cubano ha sido más diestro y cívico en la oposición, y menos en el gobierno. Esta es una alocución llena de luces para la tarea que le compete al político cubano al interior de una diputación futura.
El discurso de Evelio Álvarez del Real ha sido tomado íntegramente del libro El nuevo pensamiento político de Cuba. Compilación a cargo de Diego de Pereda. Editado por Publicaciones Antología. Impreso en los talleres de la Editorial Lex, La Habana, 1945. Para esta reproducción, en parte he decidido respetar la gramática de la época.
Valencia, España, septiembre de 2026.
El cooperativismo en nuestra historia
Señor Presidente y señores representantes:
Voy a molestar brevísimamente vuestra atención.
Es costumbre tradicional en esta Cámara, que al iniciarse un nuevo período legislativo, los jefes de los partidos pronuncien algunas palabras. Estas palabras no pueden ser de mera formalidad: consisten en la exposición de un programa futuro de conducta política y parlamentaria.
Para el nuevo leader de los liberales, el doctor Urquiaga, en quien saludo con admiración y cariño, una de las inteligencias más vigorosas de esta Cámara, y excepcionales condiciones parlamentarias, la ocasión no puede ser sino de lucimiento. Para el doctor Rey, jefe de la minoría conservadora, que durante tantos años nos ha iluminado con su consejo y con su dirección, ésta no sería sino una nueva oportunidad para que resplandeciera su magnífico talento, su extraordinaria elocuencia, todas las nobles energías de su gran corazón y de su elevada mente. Para mí, constituye un penoso deber. Yo puedo sustituirlo reglamentariamente, pero no podré sin duda, revestir mis palabras con la misma autoridad y la misma brillantez con que él lo habría hecho en esta ocasión solemne.
Hay, además, otra circunstancia, que acrecienta las dificultades en que me encuentro. Faltan por proclamar numerosos representantes: el organismo que transitoriamente represento, no está integrado aún; agítanse orientaciones contradictorias; y yo no puedo, realizando una función interina, trazarle pautas para el porvenir a una colectividad que no lo ha decidido todavía.
Diré por qué:
Al iniciar sus tareas el actual gobierno, el Partido Conservador, con rarísimas excepciones, con el apoyo de sus jefes más ilustres, con el asentimiento general acordó otorgarle su concurso. Se anunciaba un plan constructivo, rectificaciones unánimemente reclamadas por la opinión, reformas de vasto horizonte y altas finalidades nacionales: esto en el orden administrativo. En el orden político, el Presidente electo, con visión de estadista, con sentido generoso de su deber, con la experiencia de anteriores desastres, proclamó desde Palacio que la reconciliación de los partidos, la unidad de los cubanos, el sacrificio del espíritu de represalia que predominaba entre muchos liberales como consecuencia de la política practicada en anteriores años, eran imprescindibles para la realización de aquel patriótico programa.
De otra parte, el país extenuado por largos años de lucha infecunda, de agitaciones estériles, de política personalista, de perturbaciones revolucionarias, de peligro constante para los destinos de la República, reclamaba una vez más lo que ha se había llamado en circunstancias parecidas, la “cura del reposo”.
¡La cura del reposo! Recuérdese que en esta frase va envuelta la tradición más gloriosa de nuestro partido. Recuérdese que la finalidad inmediata de sus fundadores no fue sino ésta: la cura del reposo. Es decir, la cura de la democracia enferma de bizantinismo, de disolución, de atomización de la nacionalidad. La cura por métodos educativos, ejemplares, desinteresados. Si luego los abandonó, no fué precisamente por la presión de los jefes menos brillantes que a través de estos últimos tiempos han sustituido a los próceres, cuya ausencia se evoca por muchos, como si con ella se iniciaran los errores, las tergiversaciones y rectificaciones fundamentales de su programa. Por el contrario, fueron esos próceres los primeros en cambiar de rumbo; los que transformaron radicalmente la doctrina inicial; los que aspiraron al Poder; los que pactaron con el liberalismo triunfante; los que consagraron el principio de la inteligencia con el adversario.
En aquella ocasión, el pacto era el gobierno y lo conquistamos así. En mil novecientos veinticinco fué más desinteresado: no era de beneficio material; no era el gobierno; pero era la cordialidad, era la paz, era la reconciliación, era el olvido de viejos agravios. En resumen: era un alto en la vorágine de pasiones y de intereses que estremecían los cimientos de la República; era un gran cubano en Palacio con la resolución de realizar grandes bienes; era un programa trascendental. Obras Públicas, escuelas, acueductos, moralidad administrativa, regeneración de las costumbres, robustecimiento de la personalidad internacional de Cuba; proyectos a los cuales ningún partido, en ningún país, puede negarle su apoyo.
Acudimos los conservadores a prestárselo, y es en este momento que surge la política llamada del “Cooperativismo”.
La doctrina no puede nacer con más pureza. Digamos en su honor que, pese a todas las acusaciones, esa pureza permanece incólume, porque muchas de las cosas que han ocurrido luego, eso no es cooperativismo ni puede atribuírsele. Es simplemente, la reproducción de viejos hábitos, de males comunes a todas las épocas, de intereses y de causas anteriores y posteriores a él. Es la historia que estamos viviendo desde que se fundó la República. El cooperativismo no ha inventado el fraude electoral, las transgresiones de la Ley, las ambiciones desenfrenadas que unas veces están en el arroyo y otras en las alturas oficiales; el cooperativismo no es violencia, ni persecución, ni conspiración, ni revolución. Todo esto ha existido siempre y constituye la gama de nuestras desdichas. Esto que ahora oímos no es cooperativismo, sino la eterna lira de nuestra política, que, hoy como ayer, tañe la misma canción: la aleluya de los triunfadores, y la protesta de los vencidos.
Con nosotros y sin nosotros, el resultado sería exacto. El problema no es de personas ni de partidos. El problema es de educación cívica; de sociología, y, acaso también, un poco biológico.
Pero volvamos a los hechos, que son los que nos interesan; no la interpretación ni la clasificación del fenómeno.
Al principio, decía, todos con rarísimas excepciones, éramos cooperativistas. Ahora, en el momento en que hablo, el Partido Conservador resulta dividido en dos grandes tendencias igualmente respetables: los que estábamos y los que estamos en el punto inicial de esta política; los que estaban y ya no están. Todos, sin embargo, en la misma actitud de nobleza, de desinterés y de probado patriotismo que corresponde a las tradiciones insignes de nuestro gran partido, y a las personalidades esclarecidas que representan y encarnan con igual dignidad y alteza de miras, ambas tendencias.
¿Cuáles eran los deberes que nos reserva el futuro? No me atrevo a predecirlo. Me limitaré a consignar que, si la concordia entre los partidos ha fracasado como se dice, cualquiera podría probar con la historia en la mano, que la otra política, la del disentimiento, la de la agresión, la de las grandes tormentas, aquella cuyo resurgimiento se aconseja, había fracasado primero, dejando como estela dolorosa, a través de cinco lustros, sombrías experiencias, las instituciones vacilantes, huellas de sangre y de dolor, acaso no extinguidas todavía.
El observador superficial dictaminaría en seguida que éste es un medio extraño y singular en el que todos los métodos fracasan. La oposición nos lleva a la revolución. La ausencia de ella nos arrastra al mismo resultado. Pero ésta no es la verdad verdadera, por fortuna, para nuestros destinos. Ahora mismo, lo que pone en peligro la República es la quiebra del cooperativismo; el exceso de oposición. Y si pudiera decirse con razón en un país que lo que salva es destruir, desunir, promover y desatar en un ambiente de sobra caldeado, nuevos elementos de perturbación, ese país estaría irremisiblemente perdido.
No quiero sugerir, naturalmente, que esa sea la intención de ningún conservador. No. Los que dentro de nuestro partido sustentan ideales contrarios a los nuestros, merecen todos nuestros respetos, y creemos de modo absoluto, sin reticencias de ningún género, que la ilusión que los impulsa es irreprochable. Hemos librado juntos grandes batallas. Algunos, como el doctor Carlos Manuel de la Cruz, el doctor Verdeja, el doctor Aguiar y el doctor Castellanos, por sus títulos intelectuales, por su gallardo entusiasmo, por la elevación de su conducta y de sus ideas, ofrecen un alto ejemplo de sana energía y de plausibles arrestos. Cuba necesita muchos hombres como ellos, que sepan y puedan afrontar y mantener una intensa batalla cívica. Acaso necesita también de nosotros los tímidos, los apacibles, los que no la queremos en estos momentos, pero que podemos estar equivocados y con perfecta lealtad, sin prejuicios ni dificultades, veríamos asumir la dirección del partido a los que preconizan ideales de combate.
De mí sé decir, que ésta es última vez que me dirijo a la Cámara desde el sitial de leader; y que bajo ningún concepto aceptaré posiciones representativas de ninguna clase, en la primera renovación de nuestro Comité Parlamentario.
Lo hago por humildad, no por soberbia. Me siento más soldado que Jefe, y por eso me apresuré a decir, al comenzar mi discurso, que no me consideraba con derecho a hablar en nombre de mi Partido.
Como simple afiliado, como cubano, sí puedo hablar, y mi corazón me dice con claridad y energía inconfundibles que, sosteniendo determinada política en esta Cámara, he cumplido con mi deber y que de nada tengo que arrepentirme. Me dice que mi representación es legítima y legítimos también los actos realizados al amparo de ella, porque, si no lo fueran, antes sería preciso declarar que esta es una tierra desdichada en la que no han existido nunca poderes legales.
Desde hace treinta años, estamos oyendo las mismas acusaciones formuladas por todos los partidos. Desde hace treinta años, se viene produciendo el mismo espectáculo: los cubanos se deshonran en el poder y se dignifican en la oposición. El fraude que engrandece a los unos, degrada a los otros. El favor político obtenido de asambleas sin reorganizar y de partidos desacreditados, son, arbitrariamente, títulos de deshonor para unos y de gloria para otros. Esta tesis fundada en la versatilidad y en el capricho es inadmisible. Digamos de una vez la verdad, aunque sea dolorosa para todos: para los que estamos aquí, y para los que estando fuera, se consideran impecables. El error y la injusticia conque se nos juzga, consiste en olvidar que los partidos, los congresistas y los gobernantes, no son jamás en la historia causa, sino efecto; espejo, que, paseando por la vida nacional como quería Stendhal que se hiciera para escribir una buena novela, limítase a reflejar la conciencia colectiva.
Producto de mi época, no me siento mejor ni peor que cualquiera de mis contemporáneos. Ansío para mi patria todos los bienes, todos los progresos y todas las transformaciones que puedan hacerla próspera y feliz. No hay uno solo entre los compañeros que me escuchan, que no sienta latir en su alma los mismos sentimientos. Lo importante es saber cómo se encuentra el camino de la Arcadia que sueñan nuestros impugnadores. Lo importante es saber cómo se acierta en un medio tan inestable como el nuestro, donde todo es efímero, confuso y falaz; donde la gloria es crimen y el crimen es gloria; donde las flores producen pantanos y los pantanos flores; donde lo que hoy se llama patriotismo, mañana se llama tiranía, donde la luz se convierte en tinieblas y las tinieblas en luz; donde el diablo renunció a su tridente para vestirse las galas impolutas del serafín, y los ángeles descienden al Averno; donde todo perece o vive, se levanta y cae, sin que se sepa por qué. Lo importante es distinguir lo que hay de honradez, de sentida ansiedad en el espíritu público por una nueva era de rectificación profunda y eficaz; lo que hay de respetable por su sinceridad y por la influencia generosa de las nuevas generaciones, y la vulgar maniobra de políticos fracasados, siniestros herederos de la toga de Catilina. Porque para ellos parece escrita la frase de Michelet comentando las cuitas del clero francés, cuando la supresión de sus privilegios: “Se pusieron a invocar a Dios un poco más tarde, cuando ya lo habían dispersado en las conciencias”.
El sentimiento de la patria, el amor a la patria, no es ni puede ser el privilegio de unos pocos. Sus desdichas, sus tropiezos, sus caídas, sus adversidades, tampoco son, como se pretende, el triste privilegio de los partidos políticos y de los gobernantes. Somos como antes decía, el efecto de la causa: la causa es todo el pueblo de Cuba. Si nos equivocamos, con nosotros se equivocaron los más significados sectores de la opinión: la Universidad que consagró la obra del gobierno actual doctorando al Presidente, la prensa que lo endiosó; la multitud que lo aclamó en histórica apoteosis, aquí en este palacio que acaso todavía conserva entre sus mármoles el eco inextinguible, por lo reciente, de aplausos formidables.
En todo paisaje humano, ha dicho un poeta, hay rincones de luz y de sombra. La tarea de los oposicionistas, tarea dañina no para el político cuya existencia es transitoria, sino para la República, ha sido siempre exhibir con fruición las máculas del adversario y escamotear sus excelencias. Así se explica la tempestad de injusticia que sopla sobre nuestra tarea reformadora. Así la pretensión de que con ella se inician todas nuestras desdichas, mientras se calla lo que tiene de fundamental.
Hemos colaborado en una obra de gobierno que no intentaré ponderar. Un periodista esclarecido de la oposición, el señor Abril Amores, la califica de gigantesca. Suprimimos la reelección, fuente de todos nuestros males, condenada también por adversarios. Consagramos en el Senado, el derecho de representación de las minorías. Realizamos la reforma trascendental que hace posible el voto femenino. El debate queda reducido a una misérrima cuestión de tiempo: a la reducción de los períodos electivos a cuestiones secundarias.
Como se ve, no es tan deleznable nuestra obra, y casi coincide con los puntos de vista esenciales de la oposición que, sin embargo, no ha cesado un momento de azotarnos con su crítica despiadada.
Últimamente, hemos votado todas aquellas leyes que se proclamaban como imprescindibles para garantizar el derecho electoral.
No es cierto, pues, como se afirma con error o con malicia, que esté cerrado para nadie el camino de las aspiraciones legítimas dentro de las normas constitucionales. Esto es un argumento envejecido. Se proclamó que el Censo era falso y el Congreso ha ordenado se haga de nuevo. Se proclamó el descrédito de las asambleas sin reorganizar, y el Congreso ha ordenado que se reorganicen. Se clamaba contra la imposibilidad de organizar nuevos partidos, y el Congreso ha legislado para que todos los núcleos de la opinión puedan organizarse. Si no bastan estas garantías, se darán otras; ya lo afirmó así, en reciente discurso, el doctor Vázquez Bello, ilustre Presidente del Senado.
Pero hay más. El año treinta y dos, dentro de unos meses, vacarán ciento veinticinco alcaldías, seis gobiernos civiles, la mitad de la Cámara; eso es el poder para quienes quieran conquistarlo. Los partidos viejos y los nuevos, todos los cubanos que aspiren a influir en la vida nacional de una manera eficaz y útil, dentro de los cauces legales, tienen en estos próximos comicios una oportunidad magnífica que no deben desechar. El voto libremente otorgado, es la mejor de las armas en todas las democracias. La conquista de las posiciones oficiales por el ejercicio del sufragio, es obra de ciudadanía y de orden, de paz y justicia. Los métodos revolucionarios, la apropiación del poder por la fuerza, eso es demagogia, anarquía, desorden, violencia realizada en nombre de los principios más puros si se quiere, pero de consecuencias destructivas, peores acaso que los males cuyo remedio se pretende.
Como decía El Mundo, en un notable trabajo de estos días, que por sus ideas y su estilo dejaban adivinar la pluma insigne de un compañero nuestro, el doctor Walter del Río, la intransigencia es siempre funesta donde quiera que se encuentre. No importa que sus fines sean elevados y nobles; puede ser causa de graves trastornos y ocasión de conflictos irreparables. Ensombrece las almas, fanatiza los corazones, impulsa las inteligencias más equilibradas a horrendos extravíos, se traduce en actividades truculentas. Bajo su malsana influencia, surge en la historia, como nos recordaba el articulista, la figura sangrienta de Robespierre, el incorruptible, que hizo rodar diez mil cabezas sobre el cadalzo en nombre de la libertad.
La semana que pasó ha sido pródiga en acontecimientos. Ya se conocen fórmulas concretas, y no seré yo, dispuesto siempre a todos los sacrificios, quien las discuta ni las entorpezca. Estas y las que pudiera sugerir el gobierno, todas son buenas en teoría.
¡Bendita la que nos redima!
Entre tanto, hay una norma general que puede servir de pauta: la crítica negativa, los juicios exagerados, las agresiones mutuas, la apelación a injerencias extrañas deben considerarse como factores disolventes. La unidad moral, los bienes de la paz, el reconocimiento de comunes errores y la resolución de enmendarlos, el regreso inmediato a la normalidad constitucional y legal, son los principios básicos de toda solución, y los únicos a que debemos atenernos. Cuba no puede salvarse sino por la fraternidad de sus hijos, por el perdón de las culpas recíprocas, por el amor que restaña las heridas y extiende sobre las miserias de una época, los cendales del olvido.
Ya se que esta doctrina se califica por muchos de evangélica. Procede de una escuela bien conocida, que ha predicado siempre las mismas ideas al través de los años, en horas como éstas de suprema angustia para la Patria. No importa. El Evangelio es Código imperecedero de la conducta humana y como acaba de proclamar el apóstol de la liberación india, también es un programa político.
Voy a terminar.
Perdóneme la Cámara por haberla cansado. Unas pocas palabras más para destacar un hecho que no debe pasar desapercibido.
La minoría conservadora ha votado la candidatura del doctor Rafael Guas para la Presidencia. Este voto carece significación política; pero vale más. Porque es un homenaje espontáneo, sincero y sentido a la rectitud de su carácter; a su imparcialidad, que es garantía para todos de equidad y justicia: a su grandeza intelectual que es timbre de honor para la Cámara y para Cuba.
He dicho.

Excelente amigo, un fuerte abrazo
ResponderEliminarYa lo había escrito pero me distraje con algo que viene al caso: AfD arrasa en las elecciones en Alemania. La ultraderecha como un tren. Y no, no cometamos la tontería de la simplificación. No son nazis. Pueden ser peores, pero no lo son. Al lío : se puede releer la historia, pero con cultura, como tú haces. Más productivo es indagar qué cerebros estaban detrás del general Machado propiciando estas obras. Otra vez: se debe haber robado en grande, pero no es de eso de lo que hablamos. Hasta ahí. En su segundo mandato ( al final, otra simplificación) estalló lo que tenía que estallar. La generación que empieza con Mella y sigue con el minorismo y continúa luego con quienes los suceden, vieron el problema en su génesis misma quizás con más viveza que nosotros mismos. Desde Mañach y hasta Marinello y Villena. Fue la generación que revivió a Martí, al que la nueva República incluyendo a la mayoría de los generales de quienes hablamos hoy, y con bastante éxito, habían relegado a la piedra de las estatuas y a algunos poemas que mal leídos, resultaban inofensivos.
ResponderEliminarSin tener en cuenta esta protesta de tan amplia plataforma, un antes y un después, no hay evaluación posible del gobierno del general Machado, desde su mismo origen.