Tres sinrazones para la Cuba del día después
Por Emilio Barreto Ramírez
En el elenco de propuestas para el futuro más o menos inmediato de Cuba, saltan y rebotan tres insensateces mayúsculas sobre las cuales es preciso arrojar claridades. Ellas son: -) la posibilidad de anexión a los Estados Unidos, -) la restauración inmediata de la Constitución del 40, y -) la desestimación del ejército cubano. Veamos cada una por separado.
Dos razones contra la anexión de Cuba a los Estados Unidos
La anexión a los Estados Unidos es absolutamente inviable por dos razones: una es ética y la otra utilitaria. El fundamento ético reside en que la nación cubana está pensada y fundada sobre bases morales conducentes únicamente a la soberanía, o sea, una patria para ser gobernada por cubanos. ¿Qué no hemos sabido hacerlo con los recursos y los métodos de la Modernidad? ¡No lo niego! Pero también tenemos sobre las espaldas el compromiso de dos guerras de independencia y demasiada sangre derramada para entregar el país a una potencia sea cual sea; en este caso, los Estados Unidos de América. No hay más opción que aprender a gobernar. Si esta razón estrictamente ética nada le comunica a mucha -tal vez muchísima- gente, pues vayamos adentrándonos en la segunda.
La oportunidad real de una anexión a los Estados Unidos fue en 1901 y nos negamos rotundamente en la presencia, la prestancia, el arresto y el arraigo de una comisión de constituyentistas recién salidos de la manigua cubana, en la cual ganaron muy bien el prestigio que los llevó a Estados Unidos a defender la soberanía de Cuba en debates frontales para buscar un consenso en relación con la primera constituyente de la República de Cuba. Esta llegó entonces maniatada, porque se materializó la Enmienda Platt, para la cual con mucho tino y capacidad profética Manuel Sanguily avizoró algunos años de vigencia y que, a la postre, Cuba sería absolutamente independiente. En 1934 se cumplió la profecía del cubano insigne: la Enmienda Platt quedó abolida por iniciativa estadounidense. Los cubanos, solos, comenzamos a ocuparnos de nuestro presente y nuestro futuro.
Ahora bien, los neoanexionistas del presente más inmediato han atendido de manera insuficiente el curso de la historia de las relaciones políticas entre Cuba y Estados Unidos. A tenor de la Enmienda Platt la Isla de Pinos quedó en un limbo geográfico. En ella se establecieron muchos colonos estadounidenses, quienes en 1905 sí solicitaron a los Estados Unidos la anexión de la Isla de Pinos. El Senado estadounidense demoró dos décadas en responder. En 1925 se emitió la respuesta oficial, la cual rechazaba de plano la solicitud. Por ese medio se ratificaba el Tratado Hay-Quesada de ese mismo año. Las élites de poder norteamericanas determinaron que le habían apostado al caballo equivocado: envolvieron la Isla de Pinos en papel celofán y la enviaron de regreso a su legítima dueña: Cuba. Nueve años después finalizó definitivamente el affair de "juntos, pero no revueltos" entre Cuba y los Estados Unidos.
En la aplicación de la Enmienda Platt se advierte una intromisión estadounidense de movimiento pendular. Tal vez unos cuantos quieran preguntarse cómo es posible semejante endeblez si en el período 1906-1909 se materializó la segunda intervención. Ese lapso intervencionista fue un tour de force pensado, planeado y llevado a cabo por el propio presidente cubano, Don Tomás Estrada Palma, porque Theodore Roosevelt estaba negado a ello por considerarlo innecesario. Estrada Palma dimitió dejando un vacío de poder y así propició -¡pudiera decir forzó!- que la armada norteamericana interviniera nuevamente en Cuba. La segunda intervención militar de los Estados Unidos en Cuba tiene un origen tiznado por la indecencia política endógena que hemos padecido los cubanos durante todo el siglo XX.
La razón utilitarista ya se puede inferir: nada significativo hay en Cuba que pueda desatar las pasiones de la Casa Blanca, ni del Senado de los Estados Unidos para que el Archipiélago pase a ser una estrella más en la bandera norteamericana. Todo lo contrario: Cuba es un país colapsado económica y socialmente, pues su demografía se muestra tan arrasada como lo estaban los campos de Cuba al final de la segunda guerra de independencia. Resulta absolutamente inverosímil que Estados Unidos, un país que ha desarrollado hasta la máxima expresión el olfato para detectar dinero y recursos naturales, se disponga a cargar con el clásico hijo bobo estudiando en Harvard. Esto puede resultarle duro a los neoanexionistas, pero es cierto. No hay país, por potencia que sea, en condiciones y disposición de fomentar en Cuba un Protectorado para subsidiar la creación y estabilización de la sociedad civil, más el desarrollo de la economía absolutamente desvencijada. Para ambas prioridades ya es probable se esté concibiendo una hoja de ruta que habrá de ser cumplida sin la presencia del gobierno estadounidense en la más alta magistratura de la nación cubana. Cuba, al igual que el resto de países del continente americano, se halla dentro de la esfera de influencia de los Estados Unidos de América. Ese es todo el interés: preservar Las Américas de la intromisión de Rusia, China e Irán.
Es disparate mayúsculo pensar que apenas se desmonte el socialismo en breve tiempo pueda florecer nuevamente la economía cubana. En Cuba no hay infraestructura para empeño propedéutico alguno. La situación es tan calamitosa que el día después probablemente hasta sea necesario entregar cajas de desayuno, almuerzo y comida para las familias cubanas, tal y como ya está ocurriendo con la famosa ayuda humanitaria de los cien millones de dólares anunciada por el Secretario de Estado de los Estados Unidos, para ser distribuida por la Iglesia católica en Cuba. La estrategia para el desarrollo vendrá después, porque, a no olvidarlo como olímpicamente lo desestimó el socialismo, "barriga llena, corazón contento".
Al respecto, hay un indicio más: el presidente Trump, quien suele pensar, proponer, decidir y conseguir acuerdos desde su condición de magnate con vocación de político y no al revés, ha puesto los ojos y el cerebro en la anexión nada más y nada menos que de Canadá y Groenlandia, así como en la ocupación del Canal de Panamá. Este afán imperial es una estrategia política que se asienta sobre otra aspiración: la económica que se imbrica con la actual geoestrategia a escala regional. Estados Unidos siente la presión de Rusia en el Ártico, es decir, inmediatamente después de Canadá y Groenlandia. Afortunadamente, estas tres anexiones no se darán porque, al mismo tiempo, en esos tres lugares se ha transparentado con fuerza el sentimiento de soberanía que es el del sentido común -del cual me alegro enormemente- y el de la capacidad de negociación política. Así que luego de un estira y encoge político, en Groenlandia habrá mayor presencia estadounidense en sectores tales como la explotación de tierras raras y lógicamente el trabajo de inteligencia. Panamá, en el Canal, ya se está viendo urgida de prescindir de la participación de capital chino: a la postre, parte del principal objetivo de la administración Trump, por supuesto, además de presionar para que los gobiernos latinoamericanos tomen distancia de Rusia y de Irán.
Lo anterior debería ser un testimonio de apuesta para los cubanos que se acomodan para dormir a piernas sueltas sobre la almohada del anexionismo y mientras sueñan roncan más alto que el gigante de Jack y los frijoles mágicos. Que despierten y tomen conciencia de presenciar una relación formalmente buena entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos, la cual, con el tiempo y los buenos oficios, pudiera elevarse a formalmente mejor, pero siempre en el contexto ya ineludible del Escudo de las Américas, propuesto por el gobierno de Estados Unidos y suscrito por dieciocho gobiernos de países latinoamericanos.
Además, por lógica, muy por delante de un interés en la relación con Cuba, para Estados Unidos están las aproximaciones a Argentina, Brasil y México: tres economías muy bien posicionadas dentro del G20, más Chile, Colombia y, por supuesto, Venezuela. La economía chilena porque se halla perfectamente montada en la cuesta elevada de la producción; Colombia y Venezuela porque son dos países exuberantes en recursos naturales por explotar, sobre todo en recursos fósiles para energías no renovables y al mismo tiempo porque constituyen focos de subversión del orden regional debido a la escalada de los cárteles de la droga. Cuba tendrá que andar un tramo grande de eficacia política, social y económica para aspirar a la condición de nación más favorecida en el comercio con Estados Unidos.
Una carta magna extemporánea
La restauración de la Constitución de 1940 -inmediata o no- es un absoluto dislate. Poco importa lo avanzada que haya sido en su tiempo. Hoy resulta completamente extemporánea porque, de inicio, no reconoce la doble ciudadanía. Por eso resulta alarmante que esta propuesta parta de un sector de la diáspora cubana. Basta mirar no únicamente el grosor de la comunidad de exiliados cubanos en los Estados Unidos, donde hay más de un millón de cubanos con ciudadanía estadounidense. ¡¿Van a renunciar a ella a partir del día después?! ¡¿Están persuadidos de viajar a la tierra natal para ser tratados en calidad de extranjeros?! ¡Seguro estoy que no!
En España hay en estos momentos 287 mil 490 ciudadanos cubanos. Esta comunidad evidencia índices sostenidos de crecimiento. Luego están los cubanos-españoles que residen dentro de Cuba. De esta cantidad no hay un registro oficial exacto (lógicamente, al gobierno cubano no le conviene), pero se estima que son cientos de miles. Yo mismo recuerdo haber conocido durante la década de los ochentas del siglo XX varios españoles radicados en Cuba quienes en la década de los cuarenta se vieron en la urgencia legislada por la Constitución del 40 de renunciar a la ciudadanía española y asumir la cubana para conseguir una inserción en el mercado laboral. Afortunadamente, no pocos de esos españoles recuperaron la ciudadanía de origen en una de las legislaturas del PSOE lideradas por Felipe González. De manera que la Constitución del 40, si resurge, será para testimoniar su más absoluta invalidación para la Cuba actual, pues ha sido superada por el paso del tiempo y la rispidez de unas circunstancias inéditas en la historia de la nación cubana. He leído acerca de la existencia de otras razones estrictamente jurídicas también invalidantes y me alegro de ellas.
Del anticastrismo a la ceguera anticastrense
La idea de reducir, depreciar, licenciar el ejército cubano constituye uno de los disparates más impúdicos que puedan cometerse en la encrucijada cubana actual. La Cuba de estos momentos ya no exhibe la seguridad ciudadana de décadas anteriores. Hay testimonios de un aumento notable de la delincuencia sobre todo a partir de atracos en paradas de guaguas, asaltos en plena calle, crímenes en sitios apartados de las ciudades, hurtos con violencia en viviendas. Estas manifestaciones ya rebasan la capacidad del aparato policial cubano. Se hace impostergable contar con la destreza y los recursos del ejército. El aumento ya desmedido del delito en Cuba va tomando los tintes de la delincuencia de hace dos décadas en Venezuela, Colombia y El Salvador.
Al respecto, algo ha de quedar muy claro: la delincuencia es el resultado al mismo tiempo de la miseria económica y de la debilidad institucional. La segunda es la que termina por garantizar el afianzamiento de las mafias, las cuales se estructuran para operar impunemente por encima de la ley. Además, las bandas mafiosas se constituyen con una base social muy peculiar: vándalos que realizaron un camino dentro del raterismo y, llegado el momento, decidieron congregarse para operar con mayor destreza e impunidad. Las redes de corrupción y fragilidad institucional es preciso detectarlas por medio de la labor de inteligencia: siguiendo el rumbo de irrupción social de las bandas mafiosas. Traigo a colación una experiencia acaso impactante: la de Rusia una vez desmontado el socialismo y emprendido el período de transición a la democracia. Una de las canteras de la mafia rusa fueron ex agentes de inteligencia del KGB y activos de la militancia del Partido Comunista que, precisamente, habían sido desactivados. Entonces se estableció una alianza entre la violencia y el capital. Para ello reclutaron además atletas de alto rendimiento en los deportes de combate: estas figuras sociales le confirieron a las mafias todo un código de conducta más tácticas especializadas de combate. Esa es una realidad a revisar detenidamente.
Llegará el momento en el cual la sociedad cubana verá superada la precariedad económica. Por ende, el nivel de vida individual y familiar comenzará por ser decente y llegará a ser digno. Sin embargo, los actos delictivos no desaparecerán, porque los vándalos nada saben acerca de la relación entre la agudización de la miseria y la emergencia de las bandas de atracadores. Entonces el señuelo será la abundancia. Para ese momento reservarán operar donde haya personas saliendo de mercados, de bancos, de restaurantes, de multicines, de centros comerciales, de playas, de guaguas para viajes interprovinciales, de trenes y, sobre todo, de cajeros automáticos. La ciudad cosmopolita, también con su fuerza pujante en la economía de servicios, se les dibujará como otro escenario acaso todavía más suculento y por lo tanto sugerente. La labor de inteligencia de la seguridad del Estado tendrá que vigilar de cerca la posibilidad de introducción de redes internacionales de trata de mujeres, más la de cárteles de la droga. La marina de guerra cubana tendrá que patrullar toda la zona del Estrecho de La Florida más el Mar Caribe y ello será en colaboración con la armada marítima de los Estados Unidos.
Otro de los rubros que hacen como muy necesario el ejército es la defensa civil frente a los fenómenos meteorológicos. Ninguna institución tiene la preparación del ejército para lidiar con los desastres naturales y Cuba es un país siempre sujeto al embate de huracanes. Más recientemente hemos experimentado la fuerza implacable de un tornado. Y la amenaza intempestiva de los seísmos jamás dejará de gravitar. Por estas razones, sería un completo absurdo desarticular las Fuerzas Armadas y las Fuerzas del Ministerio del Interior.
El camino a emprender en la sociedad cubana no es de renovación, sino de refundación desde una cubanidad acendrada que vaya ganando terreno por medio de una sociedad civil eficaz. En un período de transición a la democracia ha de convocarse a la conformación de una nueva constitución para la República plural (ya sin la hegemonía del Partido Comunista), con separación de poderes y una esfera pública en proceso de dinamización. Todo lo anterior será imposible si la patria no cuenta con activos visibles de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior.
Valencia, España, junio de 2026.

Excelente reflexión en éste artículo. Muchas gracias por llamar la atención, una vez más, acerca de recurrir a la historia para no cometer los mismos errores.
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