La Universidad de Harvard sobre el futuro de Cuba
Por Emilio Barreto Ramírez
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| Universidad de Harvard |
En días recientes la Universidad de Harvard ha hecho público un informe de investigación social sobre el futuro de Cuba. La autoría recae en nombres bien asentados en la comunidad académica dentro de Cuba, así como en referentes notorios en ámbitos académicos de Estados Unidos y México. En los créditos también aparece alguna figura del activismo político en la oposición al régimen cubano.
La reacción del oficialismo ha llegado por medio del ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla, quien ha publicado en X un texto que parece reciclado de uno de los tantos lamentos emberrenchinados en los periódicos Granma o Juventud Rebelde durante el Período Especial de 1990 a 1994. El Informe, sin embargo, es muchísimo más ruido que nueces.
El texto consta de un amplio marco referencial que contextualiza adecuadamente la situación de extrema pobreza que condiciona la vida en los estratos medio y bajo de la sociedad cubana: hay un énfasis en factores tales como el decrecimiento demográfico, la estampida de las generaciones en edades muy plenas hacia otros países en busca de horizontes económicos promisorios, la ineficacia económica, política y social del gobierno del presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, así como el desaprovechamiento de oportunidades reales de mejorías para el país en el gobierno del general Raúl Castro Ruz ante el acercamiento de Estados Unidos, sobre todo en el segundo período del presidente Barack Obama. Pero la investigación parece no revestir utilidad por ser excesivamente timorata en el momento de ofrecer los resultados y hacer recomendaciones. Digo de ese modo a pesar de que los autores dejan claro que se trata de un documento en construcción. En este análisis me aproximaré a seis planteos o silencios que, cuando menos, tienden a provocar desaliento e incluso disgusto.
Primero: El extenso fragmento dedicado a diagnosticar el contexto cubano actual hace mención de las presiones del gobierno estadounidense concretadas en un cierre energético y en la capacidad de sancionar severamente empresas extranjeras que realicen inversiones en Cuba. Aún cuando todo ello es cierto, el Informe ni tan siquiera se acerca a la histórica irresponsabilidad de Cuba como pagadora en transacciones realizadas en el centro del mercado mundial, más las reticencias del gobierno cubano para dar pasos efectivos hacia una real y objetiva articulación de la economía. Acaso por eso, en fecha muy reciente, los BRICS -a instancias de Rusia- han decidido clausurar la hipotética membresía de Cuba. Ello, además de China en el arbitrio del presidente Xi Jin Ping, quien hace dos años había manifestado su inconformidad con la inclusión de Cuba en ese mecanismo internacional. La detracción ejercida por el gobierno de Estados Unidos es inmensamente más indulgente que la practicada ahora mismo por Rusia. Debo reconocer que la entiendo muy bien, pues los pasos efectivos para una real relación de Cuba con las instituciones financieras internacionales han de ser dados primeramente desde La Habana. Del mismo modo sucede con la posibilidad de pertenecer a cualquier otra concertación económica de relevancia mundial: ningún grupo de naciones, cuyo propósito es el negocio entre iguales, está dispuesto a sostener un lastre empeñado en perder el tiempo y hacérselo perder al resto de los países miembros de esa concertación.
Segundo: Hay demasiado acento en la aparición del artículo periodístico publicado por Fidel Castro Ruz en el diario Granma, en la primavera de 2016, con el título “El hermano Obama”, aparecido en la sección “Reflexiones del compañero Fidel”. Aquí lo justo es repartir bien las responsabilidades: es cierto que la ironía del entonces ya retirado Fidel Castro constituyó un palo en la rueda del cambio, pero también es verdad -y no se menciona- que no pasaba de ser un palo más, porque el período de reformas iniciado en 2007 por el general Raúl Castro había sido clausurado, definitivamente, por el propio Raúl Castro, en 2014, es decir, dos años antes de la visita de Obama a Cuba y de la publicación del artículo “El hermano Obama”.
Tercero: Se menciona la necesidad de un debate nacional -entre el Gobierno y la oposición- que ha sido postergado durante décadas. Craso error: es imposible postergar lo que ni tan siquiera antes fue balbuceado. No ha existido disposición para un debate nacional de parte de ninguno de los tres gobiernos a partir del 1 de enero de 1959; así como tampoco de parte de los grupos de activistas opositores a cualquiera de esos tres gobiernos. Ni tan siquiera esos gobiernos han reconocido a la oposición como para dialogar con ella incluso postergadamente, así como tampoco la oposición ha mostrado interés en propiciar un diálogo al interior de ella misma. Aquí debe recordarse que la Iglesia católica en Cuba se ofreció, públicamente, en la primavera de 2024 para acoger un diálogo con estas características. Esta propuesta, realizada por la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC), no fue recibida con beneplácito en la amorfa oposición cubana.
Cuarto: En el epígrafe “El futuro”, el cual puede ser entendido como el acápite de resultados, hay una apuesta por “cambios políticos inmediatos que al menos restablezcan el estado de derecho inscrito en la Constitución vigente, a pesar de sus limitaciones, y den pasos hacia un gobierno de transición que sea percibido como legítimo”. La sugerencia, cuando menos, es irremediablemente vaga: no es posible restablecer lo que con anterioridad jamás se ha establecido y en algún punto del camino se deslegitimó y terminó por ser despreciado. El estado de derecho inscrito en la Constitución de 2019, si realmente está en la letra, para nada ha estado jamás en el espíritu. Basta con tomar en cuenta que la cifra de prisioneros políticos se ha disparado después que entró en vigencia la Constitución de 2019. Esa afirmación, a mi juicio, requiere una reconsideración en su totalidad.
Cinco: En lo concerniente a la amnistía para los presos políticos, cuya cantidad se eleva a la cifra escandalosa de más de 1300, el Informe refiere que “debe ser complementada con la descriminalización de formas de protesta, pensamiento y expresión que están reconocidas como legales en la Constitución cubana, pero que actualmente resultan en sanciones penales”. La recomendación es justa, pero peca de una timidez escalofriante. Si el documento en cuestión es un informe de investigación realizado por un grupo de académicos de las ciencias sociales y aprobado por un centro de estudios de nivel superior, lo más lógico es que asuma, sin el menor de los remilgos, un lenguaje académico. Los informes de investigación de las universidades no se conciben y mucho menos se estructuran para un público heterogéneo. Por esa razón resulta incomprensible que el término “descriminalización de las formas de protesta, pensamiento y expresión” no aparezca sintetizado en lo que hace décadas la teoría crítica en Alemania ha conceptualizado como estructuración de la “esfera pública”: un espacio de lo público al interior de las sociedades democráticas que concentra la generación de opinión pública fraguada a partir de la información que vierten por un lado el poder ejecutivo, el legislativo, las instituciones, las asociaciones que conforman la sociedad civil, la prensa y ahora las redes sociales. El robustecimiento y la vigorización de la esfera pública es absolutamente fundamental para expandir los aires democráticos en cualquier sociedad interesada en ser plural; mucho más en Occidente.
Seis: Más adelante dice: “El sistema político está dominado por un partido único que, según afirma el artículo 5 -de la Constitución de 2019- es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado” y de un sistema político que, según el artículo citado es “irrevocable”.
Si el sistema social es “irrevocable” y por consiguiente el partido único es una fuerza inamovible (en cualquier caso, primero que todo se le puede reconocer como inmóvil, por subordinar todas las prácticas de la vida social al ámbito de la ideología del socialismo), entonces la recomendación final del Informe termina por ser un tour de force inoperante: no puede haber diálogo que fluya teniendo como interlocutor al inmovilismo. Cualquier diálogo que no incluya, estime pertinente y acuerde la desactivación del Partido Comunista de Cuba del poder central del Estado en un tiempo estrictamente prudencial para una transición a la democracia está destinado al fracaso.
A continuación dejo el enlace para acceder al Informe de la Universidad de Harvard sobre el futuro de Cuba.
Valencia, España, septiembre de 2026.

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