La escuadra neogramsciana y las experiencias de 1968
Por Emilio Barreto Ramírez
En fecha muy reciente, el gobierno de Cuba ha promulgado un paquete de 176 medidas con el propósito de reactivar la economía nacional. Se trata de iniciativas que intentan abrir el modelo de la economía de mercado en el históricamente clausurado espectro de lo social. Si apeláramos a una metáfora habitual en el habla popular cubana, es como “meter La Habana en Guanabacoa”. La directiva en su totalidad es partidista, o sea, como de costumbre constituye un arbitrio de la pasión cabalista que rige la sociedad política cubana a partir del direccionamiento piramidal descendente en el socialismo: del Buró Político, bajando por el Comité Central del Partido Comunista de Cuba hasta los Comités Provinciales y Municipales del PCC. Nada qué objetar a nivel de sujetos y colectivos sociales. No hay espacio para el disenso de real cuestionamiento: hay que acometer la orientación partidista y la cuestión es extrapolar el experimento de China y Vietnam, respectivamente: dos países tal vez bien ubicados en la geoestrategia asiática, la cual está liderada precisamente por China.
Muy a pesar de la circunstancia neurálgica de la sociedad cubana, sobre esta se encima una vez más el entramado de decisión columnaria sin la más mínima vocación democrática. Citaré nada más tres pasos faltantes, acaso propedéuticos, que favorecerían la visión de que Cuba estaría aproximándose a una etapa de cambios democráticos silueteados de manera adecuada: -) primero, no aparece una ley de inversiones que blinde a empresarios extranjeros, o al empresariado cubano radicado en la diáspora. Este paso es no solo propedéutico, sino una de las piedras angulares del real proceso de cambio. De no promulgarse una ley de inversiones, pues lo más probable es que la reforma de la economía cubana no pase de ser un desparrame de timbiriches incapaces de rebasar el formato de la microempresa. -) Segundo, tampoco se aprecia la voluntad de estimular la conformación de una genuina esfera pública desde la cual evaluar, también por medio de un periodismo crítico desvinculado del PCC, el curso de las 176 medidas y -) tercero, los prisioneros de conciencia continúan tras las rejas. Por eso, en torno a este paquetazo del PCC, hay al menos dos particularidades que requieren atención: una es la voluntad del gobierno cubano de introducir en la sociedad el modelo sociopolítico de China; el otro es la maniobra -también del Gobierno- para conseguir un disenso aparente.
Veamos rápidamente el primero. Cuando un país lleva la avanzada geopolítica de la región en la cual se ubica geográficamente, pues el modelo político que ponga en la órbita internacional probablemente no recibirá demasiados reparos. Esa es la situación de China. Pero Cuba está muy lejos de China y demasiado cerca de los Estados Unidos de América. De hecho, se encuentra en la más estricta zona de influencia de la Nación Imperial que ahora remueve, sacude y traquetea todo el continente americano con las largas extensiones de la más nueva versión del Partido Republicano. ¿Cómo se ha empoderado esa avanzada republicana? ¿Lleva a cabo esa estrategia imperial allanando espacios foráneos y ultrajando soberanías? Responderé primero la segunda pregunta: probablemente no si se observa con ojo avizor el resultado de la reunión a la cual Estados Unidos convocó bajo el nombre “Escudo de Las Américas”: 18 gobiernos americanos que soberanamente rubricaron el documento final, cuyo propósito es aceptar el liderazgo estadounidense en la región, sobre la base de actuar como gobiernos no precisamente amigos, pero sí aliados de Washington.
¿Cuál es la razón para que 18 gobiernos entre Centro y Sudamérica ejerzan el grado de soberanía que tanta urticaria produce en el gobierno de La Habana? La respuesta serviría igual para constatar la razón por medio de la cual se ha empoderado la más nueva versión del Partido Republicano. La constatación se halla en el absoluto descalabro de la gestión del socialismo cubano y la más estruendosa desautorización moral de las izquierdas a nivel mundial, así como la existencia de una correlación de fuerzas políticas que se ha movido completamente en unos casos desde el centro hacia la derecha y en otros hacia la derecha más radical. Los 18 presidentes firmantes del Documento Final del Escudo de Las Américas decidieron soberanamente porque están alineados con Estados Unidos de modo idéntico a como decidían hace cuatro décadas los países integrados en la lógica del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y el Pacto de Varsovia, ambos bajo el liderazgo de la Unión Soviética. Si en esa época no se objetaban esas soberanías, pues tampoco ahora hay razones valederas para sospechar acerca del grado de transparencia de los 18 gobiernos alineados con Estados Unidos en el Escudo de Las Américas; mucho más cuando cada proceso eleccionario tanto en Europa como en América del Sur evidencia la pérdida de voto simpatizante ante los partidos de izquierda por moderados o rosaditos que fueren.
Las anteriores son dos certezas contextuales: primera, la utopía socialista jamás ha estado tan en el horizonte; para la segunda volveré a valerme de la riqueza del poder simbólico y el refranero en el habla popular cubana: el chino “cayó en un pozo. Las tripas se hicieron agua”. Así que “arré, pote, pote, pote, arré, pote, pote, pa”: nada grandilocuente a realizar con China sino llevar unas relaciones diplomáticas formalmente buenas, por medio de las cuales, de manera contextual pueda aspirarse a que asciendan a formalmente mejores. Los socios naturales con los cuales Cuba habrá de reforzar las alianzas estratégicas para el desarrollo económico se hallan en el Hemisferio Occidental, al cual pertenecemos los cubanos. Esos socios son Estados Unidos, Canadá, América Latina y la Unión Europea.
A pesar de ambas certezas, el gobierno de La Habana insiste en la discapacidad de quedar varado en el marasmo. Para ello -probablemente entre otras estrategias, tales como la de aferrarse a la letanía del visible incremento de las presiones del gobierno estadounidense-, ha activado un parapeto ideológico a modo de escuadra atrincherada en un medio de comunicación social, cuya misión es la puesta en práctica de un método pueril para el disenso: el alistamiento de una pequeña tropa de intelectuales orgánicos con la encomienda de irradiar, en el ámbito de la famélica esfera pública, toda una apoteosis neogramsciana. El cuartel general se halla en el podcast La reunión: el Vivero del cual emerge ahora con su cabellera laica la más gloriosa de las Marianas actuales y dicta cátedra de profecía para una resistencia revolucionaria zonzobélica y empalagosa el analista sobre Estados Unidos Charles All Sugar Ray, quien protagoniza devaneos discursivos desde su tribuna de todología dogmática performada.
La avanzada fue puesta en órbita por Mariana Camejo, directora de la revista La Joven Cuba, al balbucear la propuesta de orden: desde la comunicación social se debería impulsar el fragor de estas 176 medidas. Más de lo mismo: un sistema de prensa que desde 1959 deliberadamente ha coartado el periodismo al trocarlo en propaganda y agitación barrioteras. Así que nada refulgente y mucho menos oloroso en el Vivero.
Desde otra trinchera similar, arguyendo cierta heterodoxia de pizzeta con buñuelos, llega la verborrea tercermundista de Ariel Dacal, educador popular formado en tiempos en los cuales la teología cristiana reformada en Cuba había hallado una rendija para ganarse las miradas indulgentes de los teólogos de la liberación en América del Sur. Esa brecha el Departamento Ideológico del Comité Central del PCC buscó el modo de hacerla más ancha, para que la teología cristiana reformada sucumbiera a los toques de trompeta de las izquierdas guerrilleras sudamericanas, así como para que la floridez de la teología de la liberación asumiera la tercermundología enquistada en la educación popular en determinadas universidades de América del Sur, con la tutoría de tres centros productores de pensamiento ubicados en La Habana y Matanzas, respectivamente. No se puede perder de vista que eran los años en los cuales sufría infartos masivos el socialismo real en cada país de Europa del Este y Fidel Castro procuraba posicionarse en una América Latina en plena efervescencia de transición a la democracia después del desmontaje de las Juntas Militares de Gobernación en Argentina, Uruguay, Brasil y Chile: cuatro países clave para entronizar y expandir el marxismo cultural tan en boga entonces en Europa Occidental. Pésimo batido de mandarria el conseguido entre la teología excesivamente florida y melosa de curas y pastores protestantes con vocación de tupamaros, montoneros, sandinistas, farabundos, manuelrodriguistas y fidelistas cuando despertó las alarmas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en El Vaticano, durante el pontificado de Juan Pablo II. El laissez faire en cuestión terminó de sepultarlo desde la persuasión una de las mentes más preclaras de la filosofía y la teología modernas: el alemán Joseph Ratzinger, quien llegó a ser el papa Benedicto XVI.
Pues ahora Ariel Dacal intenta enhebrar una serie de juicios babeantes para explicar la redituabilidad del paquete de medidas económicas con el protagonismo del PCC. El más reciente de los neogramscianos de marras es el economista Julio Carranza: tan experimentado como extemporáneo, pues a sus 68 años de edad insiste en no entender que cualquier reforma económica, auténticamente profunda, no puede estar liderada por el Partido Comunista esté donde esté y ni tan siquiera por ninguna institución de corte burocrático condicionada por el más radical de los sesgos ideológicos de la contemporaneidad: el socialismo. Si el dramaturgo español Alfonso Sastre viviera para ver cómo este reducto de científicos sociales y comunicadores sociales sublima el letargo perverso a través del cual la ineptocracia socialista intenta facultar el más nuevo de los estira y encoge sociopolíticos, entonces palidecería al comprobar cuán incompleta se muestra su famosa pieza teatral Escuadra hacia la muerte. Porque el escenario actual indica la presencia de una guerrilla para la inutilidad, la torpeza y el desaprovechamiento.
No hay futuro para una reforma económica de carácter fundacional sin una democratización de la herméticamente clausurada sociedad cubana. Es imposible avanzar en cualquier reforma económica bajo la revisión y la aprobación de la burocracia ideológica más improductiva de Occidente y al mismo tiempo la más eficiente en la distribución de pobreza a escala nacional en el ámbito del ciudadano de a pie. Al respecto, existe una razón muy poderosa y un par de sucesos históricos harto elocuentes. La razón es la más obtusa e injustificada tendencia del socialismo a hipotecar el tiempo del individuo y a invadir el espacio de las instituciones. El tiempo de todos es una divisa innegociable para el amplísimo espacio de poder de la burocracia socialista cubana. Aún cuando es interminable, el tiempo resulta finito; mucho más cuando lo administra la peor de las burocracias: la socialista. El tiempo existe para todos. El tiempo es de todos y de cada uno. Pero al socialismo, como sistema -y mucho más el cubano-, siempre le ha parecido demasiada insolencia que el individuo y los colectivos sociales aspiren a ejercer el arbitrio sobre el tiempo que de manera legítima les corresponde. Otro tanto idéntico sucede con el espacio: todavía más cercenado que el tiempo. Lo esencial en la vida de cada ser humano se halla en el uso que la persona sea capaz de hacer de su espacio y de su tiempo. Esa relación es la primera de las señales inequívocas de la expresión de ser auténticamente libre. Nadie es poseedor de un metro cuadrado de libertad; o de un kilómetro. La libertad es el reconocimiento del encargo social y el estilo de prédica que cada cual se plantee con entera libertad en el paso por la existencia terrenal. Por lo tanto, la cuestión es ética: saber ejercer la condición de ser libre: sobre la base de conocer y reconocer cuál es el espacio de libertad del prójimo, para saber respetar ese espacio, pero no para que ese espacio lo decida de forma infalible e inexpugnable un partido político que ostenta la hegemonía de toda una nación a partir de una clave ideológica y que, por si fuera poco, en un eterno y vulgar exabrupto, subordina la política a la ideología. Por eso es imposible negociar con la burocracia socialista. Toda esta disquisición el gobierno socialista cubano insiste en desconocerla; prefiere proyectarse en la sociedad desde una gobernanza rabiosamente feudal.
Por semejante idiotez pasó también el opulento Occidente, pero con menos fuerza, porque aprendió rápido la lección. El mayo francés de 1968 fue el laboratorio mejor equipado para desautorizar los sistemas cerrados impuestos por los Estados obreros en Europa del Este. En aquella Francia cambiante y esplendorosa, la combinación entre el arte y el clamor político de la juventud parisina, aupados ambos por la participación de los medios masivos de comunicación social, se hizo muy clara la decisión y el interés de una generación nueva que aglutinaba a individuos ubicados en las clases medias y medias-altas -o acomodadas- empeñados en provocar un cambio semejante al de una nueva era. Aquellos eran jóvenes ilustrados que sabían consumir el arte elitista de Occidente y al mismo tiempo mostraban inconformidad con la existencia que llevaban. Sin embargo, no pedían la puesta en práctica de medidas sociales a la usanza de los Estados obreros en Europa del Este, precisamente cuando las tesis de Marx mantenían expectante a toda Europa. Estos jóvenes también protestaban porque del mismo modo no querían “un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compense con la garantía de morir de aburrimiento”. Así sentenciaban, bien visibles, los graffitis a medio camino entre política y arte en plena Ciudad Luz. Luego, el Mayo del 68 francés se tradujo en campo de debate para las ciencias sociales, más directamente en el tratado filosófico y en el artículo de dimensión teórica, sobre todo en las obras del jesuita francés Michel de Certeau, a la postre casi un guía espiritual para la juventud parisina del 68. Otros intelectuales inmersos en el acompañamiento de la protesta juvenil fueron el filósofo secular Jean-Paul Sartre, por entonces admirador de Marx y de la Revolución Cubana, así como el teórico de la Escuela de Franckfurt, Herbert Marcuse, respetado sobre todo por las páginas del libro Eros y civilización.
Unas fronteras más allá de Francia, y más o menos en el mismo lapso, tuvieron lugar los sucesos de la Primavera de Praga. En la culta y literaria Checoslovaquia, un grupo de intelectuales consiguió elevar a la dimensión de ímpetu nacional la posibilidad de democratizar el socialismo: una entelequia pavorosa que, por supuesto, nació deforme, pero como avanzó tímidamente, aún cuando en aquella circunstancia los pasos parecieron de gigante, el entusiasmo de esos intelectuales socialistas democráticos se convirtió en delirio. Todos los involucrados se debatían en la acción de pensar e instituir ese espejismo denominado desde una paradoja demencial: ¡socialismo democrático! Pero en realidad no avanzaban. En cualquier caso, creían avanzar, porque mientras aseguraban moverse en ese rumbo, las tropas del Pacto de Varsovia realizaban maniobras en la frontera con Polonia, aniquilando el horizonte y perfilando con nitidez el “no lugar” que constituye la utopía. El 21 de agosto de 1968 las tropas del Pacto de Varsovia entraron en Praga para dar testimonio acerca de la inviabilidad del socialismo democrático. También por eso hoy sabemos que esta tomadura de pelo que hemos vivido es únicamente distopía.
Valencia, España, agosto de 2026.

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