Desventuras de las comunicaciones por WhatsApp (crónica)
Por Emilio Barreto Ramírez
En 2002 yo era profesor del Diplomado de Medios de Comunicación Social extendido por el Centro de Ciencias Religiosas “Padre Félix Varela”, de la Arquidiócesis de La Habana. Aproximadamente en ese año, en el Centro se fundó la Cátedra de Educación para la Comunicación, la cual no programaba actividades lectivas, sino conferencias. Una de las primeras disertaciones me fue encargada por la propia Dirección de la Cátedra, al amparo de SIGNIS-Cuba: oficina de la Iglesia para las comunicaciones sociales.
Mi tema consistía en un análisis ético de las comunicaciones en las autopistas de la información. Una de las tesis que manejaba era la de comunicar con claridad meridiana, esto es, sin ofrecer el menor de los resquicios a los malos entendidos, porque se pagan muy caro en las relaciones interpersonales. Esa postura convoca a dejar fuera del acto de la comunicación las bromas disfrazadas con el doble sentido. A pesar de que siempre he sido muy cuidadoso en el trato hacia quienes me rodean y hacia quienes cuya comunicación conmigo es menos frecuente, he pasado por tropiezos originados por los dos peores enemigos de la comunicación en las redes sociales: el azar y la descontextualización. Aquí narraré cuatro sucesos personales acaso simpáticos, pero muy incómodos.
En el último curso de mi intensa y extensa carrera como profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana me fue confiada la impartición de una asignatura teórica para estudiantes de Licenciatura en Comunicación Social en el Curso Por Encuentros. Se trataba de estudiantes de Primer Año de la Carrera en tiempos de la pandemia de Covid-19. Estábamos en pleno confinamiento y era obligatorio avanzar en la docencia con el auxilio de las redes sociales. Así que preparé las conferencias para ser divulgadas por un Grupo de WhatsApp creado al efecto, en el cual se suponía yo fuera el moderador debido a mi condición de profesor de la asignatura. La dinámica contemplaba el envío de todo el enunciado de la clase en la modalidad de conferencia con los objetivos bien claros. Inmediatamente yo enviaba la explicación del tema (siempre menos extensa que una conferencia presencial) y, lógicamente, la indicación de toda la bibliografía disponible en documentos digitales. La literatura correspondiente los estudiantes ya la poseían, pues en los fondos bibliográficos de la Facultad -muy bien surtidos- eran puestos a disposición del estudiantado para Curso Por Encuentros apenas unos días después de la matrícula.
Una de esas semanas de encuentro por WhatsApp surgió una discrepancia en el centro de una de esas orientaciones de estudio individual. En medio de las explicaciones que yo intentaba ofrecer, varios estudiantes comenzaron a expresar sus respectivas disconformidades a través del envío de memes y emoticonos. Poquísimas veces en mi vida -que ya va dejando de ser corta y de hecho es algo más que mediana- he experimentado una encolerización. Jamás permití que en un aula violentara alguien la autoridad que me fue confiada a través de procesos de categoría docente. Y si no era así, pues al menos yo me lo creí durante quince años. Lo peor del asunto es que los estudiantes no entendían la razón de semejante molestia. Opté por un aplazamiento de la aclaración que yo demandaba y no aparecía. Una semana más tarde, en uno de los encuentros presenciales ya admitidos durante el segundo confinamiento, traje a colación el pendiente y de inmediato tomé conciencia de que se trataba de un conflicto generacional: mis estudiantes estaban acostumbrados a fundamentar todos sus procesos de comunicación sobre la base de los memes y los emoticonos de WhatsApp, o de Facebook. Mucho antes de que me dijeran al respecto, me había dado cuenta nada más de mirarles las caras de perplejidad debido a la molestia mía.
En aquella discusión, el eje central era el azar desconectado del contexto. Y el segundo debía primar muy por encima del primero, pues el segundo era, nada más y nada menos, un aula universitaria, la cual, en toda la extensión del término, yo siempre he apreciado como un templo. La parte buena fue que, al final, medio estupefactos, los estudiantes terminaron entendiéndome: no sé si por viejo, o por clásico, pero entendieron que el proceso de comunicación ha de ser claro, o sea, por medio de comunicaciones habladas o escritas. Y yo salí de aquel intercambio triunfante y al mismo tiempo consciente de que la sociedad de la Tardomodernidad se empercude por la banalización de todos los ambientes.
Otra de las experiencias desagradables la causé yo mismo. Un amigo cubano radicado en Puerto Rico había publicado algo en Facebook que traía muchísima confusión: era algo así como la respuesta a un comentario que nadie conocía. El post en cuestión me recordaba la manera tan enfermiza y absurda que emplea el periódico Granma para polemizar: comentando o respondiendo algo que nadie ha leído. Así que le escribí para decirle que había dado toda la información acerca del “coño de la tuya sin que sepamos ni media palabra acerca del coño de tu madre”. A pesar de que nos conocemos desde la niñez fue capaz de saltar encima de mí como un felino, pues pensó que le estaba mentando la madre. Tranquilamente le respondí que le había comentado de ese modo porque él es un intelectual de la literatura y las ciencias sociales y que la frase en cuestión era habitual en Cuba para evaluar cuándo una polémica se distancia de las estrategias torcidas del periódico Granma y sale en busca de la autenticidad de la discrepancia. De paso le dije que había apelado a esa expresión en busca de una jocosidad. Con pena me dijo que no conocía esa frase. Entonces caí nuevamente en la cuenta del contexto: la frase, aunque cubana, comenzó a emplearse a partir de la polémica entre un intelectual orgánico del PCC y un editor muy lúcido de una revista cultural cubana a fines de la primera década del presente siglo. El amigo mío se había establecido en Puerto Rico diez años antes de la polémica en cuestión. Anduvimos molestos bastante tiempo.
La tercera desventura personal tuvo lugar hace poco. Una gran amiga de la infancia (gateamos y crecimos juntos), quien ha hecho una vida próspera y feliz en los Estados Unidos de América, recientemente se ha acogido a la jubilación para, con mucha sensatez, comenzar a llenar ese tiempo con participaciones exitosas en el negocio inmobiliario. Esa intervención le ha llevado a entender la necesidad de aproximarse a los recursos comunicativos de las redes sociales. Apenas puso en los espacios digitales su primera mención publicitaria me la hizo llegar para saber mi opinión. La comunicación estaba bien en contenido y forma. Entonces, sin el menor de los remilgos, le comenté:
“Te conduces bien frente a la cámara. No solo eres lista; también valiente. Retar al tiempo y frenarlo -precisamente en este tiempo de barbies- constituye todo un acto de arresto. ¡Felicitaciones! ¡Los éxitos irán llegando!”. La respuesta me llegó rauda, veloz, escueta y, sobre todo, desmovilizadora: “¡Mi amigo, tú me estás diciendo vieja!: ¡qué estoy vieja para hacer un video y publicarlo con mi imagen!…”. Uno de los temas que más me apasiona (en lo abstracto y en lo concreto) es precisamente el paso del tiempo. Hace dos años he publicado un libro de cuentos que, de hecho, se titula Tan seguro como el tiempo; más recientemente he publicado un cuaderno de poemas titulado Poemas de estaciones y otros motivos. En periodismo no, pero casi todo lo que he escrito en los géneros de narrativa, poesía y ensayo lleva explícito o implícito un discernimiento en torno al tiempo. Pero nuevamente el contexto me volvió a jugar una mala pasada: en cuestiones relacionadas con el tiempo, las mujeres suelen ser un contexto muy especial e inexpugnable: una fortaleza imbatible la cual es mejor ni escudriñar. Probablemente por esas mismas consideraciones sopesadas a posteriori, no llegué ni a comentar más al respecto, a pesar de haberla felicitado por derrotar al tiempo. Por cierto, de esa felicitación ni cuenta se dio.
El causante del cuarto desatino fue el determinismo tecnológico. Con ese jamás me he llevado bien. Pero hay algo peor que he insistido en desconocer: por lo general, nadie que haya estado empoderado socialmente, se resigna a ser permanentemente no reconocido en el espacio de lo público. Durante el primer confinamiento por la pandemia de Covid-19 me comuniqué por WhatsApp con un amigo, también ex profesor de la Facultad de Comunicación de la UH, entonces ya afincado en España. En la conversación por medio del chat me relataba el rosario de calamidades que entonces enfrentaba para asentarse en la sociedad de acogida. Al final del relato escribí la pregunta: “¿Entonces, las puertas no se te abren?” De inmediato hice click en enviar y cerré el WhatsApp, pues ya él no estaba en línea. Al rato noté que tenía un mensaje. Abrí nuevamente el WhatsApp. Siempre, antes de leer un nuevo mensaje, repaso el enviado por mí. Así que me dispuse a releer mi mensaje. De inmediato los pelos se me pusieron de punta, pues el corrector del WhatsApp -quien suele comportarse como una persona cuando menos jodedora y cuando más malintencionada- tiende a ser recurrente en cuestiones de desentendimiento y cambió la pregunta por “¿Entonces, las perras no se te abren?” Debajo estaba la respuesta franca, inalterable y conclusiva: “Si te refieres a las putas, pues a estas alturas ya me da igual si se abren o si se cierran”.
Valencia, España, agosto de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario