La identidad nacional se fomenta en el sistema de educación escolar
Por Emilio Barreto Ramírez
La obra, tan pausada como tenaz, de los docentes criollos en los colegios privados de la segunda enseñanza en la Cuba del último tercio del siglo XIX, fue fundamental para que colectivos sociales formados por jóvenes educados e inquietos culturalmente llegaran a profesar una profunda estimación hacia valores tales como país, patria, nación, soberanía, república, institucionalidad, separación de poderes. Lo cierto es que a partir de la segunda mitad del siglo XIX la educación privada en la isla de Cuba fue la que esgrimió con una fuerza insospechada el amplio espectro de valores que conforma la identidad nacional cubana, así como todo el vigor del ideal independentista. La primera mitad del XX ya dejó ver en la Cuba de la república burguesa un saldo equiparable en el cotejo entre las perspectivas educacionales de entonces: la privada y la pública.
La máxima anterior resalta con claridad en el entendimiento de Elías Entralgo y de Sara Ysalgué de Massip, respectivamente, cuyas vastedades patrióticas y humanistas en el campo de la docencia resultaron de suma elocuencia en el segundo cuarto del siglo XX, sobre todo en las décadas de 1930 y 1940. El doctor Entralgo y la doctora Ysalgué de Massip integraron el elenco de oradores del evento nacional Por la escuela cubana en Cuba libre: una amplísima reunión de docentes y pedagogos cubanos que sesionó en el Gran Templo Masónico de La Habana, en el año 1941, convocado por el notable intelectual Emilio Roig de Leuchsenring. Esta Junta, cuya significación es de suceso histórico, ha quedado relegada al cajón del olvido durante todo el decursar del socialismo en Cuba. Para semejante rechazo hay sinrazones más que tangibles. Traeré nada más dos a colación. Primera: el común denominador de los discursos, las ponencias y las conferencias contiene y expande la apuesta por estructurar los procesos educativos en cada uno de los niveles de enseñanza desde la tradición nacionalista cubana. Ello se hallaba en consonancia con todo el sistema ético que se puede tocar en el pensamiento filosófico del padre José Agustín Caballero, así como en el legado del padre Félix Varela, ambos en la primera mitad del siglo XIX. Las disquisiciones morales de Varela ya aparecen sistematizadas y enriquecidas en el pensamiento nacionalista del pedagogo y pensador José de la Luz y Caballero, quien a la postre emerge para la historia de Cuba como el paradigma de la educación. Segunda: Emilio Roig de Leuchsenring, acaso un líder de la inteligencia laica cubana, escogió como sede para este evento el Gran Templo Masónico, a todas luces porque reconocía en la masonería el ámbito social de mayor aporte a la causa de la independencia y al auge del laicismo en Cuba.
Conviene precisar al menos un poco el contexto en el cual se realiza esta convención nacional. La educación cubana ya había transitado más de un tercio del siglo XX con los resultados loables de la reforma educacional que se conoce con el nombre de Plan Varona, por haber sido diseñada y puesta en práctica por Enrique José Varona, a la postre, el intelectual cubano más notable durante el primer cuarto del siglo XX. Varona, cuya obra escrita está reconocida dentro de la corriente filosófica del positivismo, también aparece en la historia de las ideas en América Latina como un positivista genuino, pues concibió su reforma educacional sobre la base de fomentar en Cuba las ciencias empíricas y experimentales por ser más redituables para el desarrollo de la economía. Cuba había acabado de salir de la segunda guerra de independencia y la economía se hallaba devastada. Por medio del positivismo se pudo fundamentar un sesgo absolutamente necesario en las disciplinas especulativas, sobre todo en la educación de nivel superior. Ese sesgo facilitó la formación de muchos ingenieros, quienes se forjaron accediendo a la investigación científica sobre todo en laboratorios. El positivismo era, en definitiva, también el aparato conceptual puesto en práctica exitosamente en Estados Unidos de América para impulsar la economía. Para el cierre del primer cuarto del siglo XX ya la economía cubana hacía rato estaba dando signos de muy buenos augurios en lo concerniente a la producción mundial de azúcar de caña.
En el evento nacional convocado y organizado por Emilio Roig de Leuchsenring se contrastó el modelo educativo con el contexto cubano ya diferenciado del existente cuando se concibió el Plan Varona. En 1941 Cuba llevaba un tiempo experimentado un crecimiento demográfico apreciable por nacimientos y recepción de inmigrantes. Lo anterior, más el creciente cosmopolitismo habanero, repercutió en la transformación cualitativa del mercado laboral. Todos estos factores exigieron una nueva mirada a la educación cubana en todos los niveles de enseñanza. Del mismo modo, fueron igualmente analizados algunos puntos individuales y colectivos del comportamiento nacional, tales como, por ejemplo, los relacionados con la Revolución del 33 y con la corrupción en el servicio público.
El discurso de Elías Entralgo se robustece a partir de la propuesta de preservación de los valores de la nacionalidad cubana, los cuales habrían de ser fomentados en las escuelas, siempre sobre la base del respeto a la ley y a la Constitución. Entralgo, lógicamente, elogia la Carta Magna de 1940, cuyos preceptos se proponían conferirle vigor a la enseñanza del “alma de la cubanidad”. La doctora Sarah Ysalgué de Massip fue miembro de la junta coordinadora de esta Asamblea que se llevó a cabo en una época en la cual la sociedad civil cubana dio muestras de conocer el manejo de los instrumentos para la articulación de la constitucionalidad republicana y el robustecimiento de la identidad nacional en el pueblo llano. Debido a la notable capacidad discursiva del doctor Entralgo y la doctora Ysalgué, respectivamente, me he resistido a glosar las ideas expuestas por estos dos grandes docentes cubanos. He preferido, como acto de justicia histórica, traer de las catacumbas ambas prosas originales.
Discurso pronunciado por el Dr. Elías Entralgo en el evento nacional “Por la Escuela cubana en Cuba libre. Trabajos, acuerdos y adhesiones de una campaña cívica y cultural”, celebrado en La Habana, en 1941.
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| Doctor Elías Entralgo |
La aparición y desarrollo de la nacionalidad cubana y su constitución en Estado soberano no han sido productos del azar ni del capricho, sino la obra lenta, sostenida y heroica de varias generaciones enderezadas hacia ese empeño. Sería vano alarde de innecesaria erudición e inútil retórica memorar ahora datos encaminados a probar cómo tan valiosa herencia histórica estuvo amasada con trabajo, dolor y sacrificio ingentes. No creo que ninguno de los aquí reunidos ignore eso. Pero el aislado conocimiento, en este caso, sin la asociación de otros factores, puede decaer en indiferencia o degenerar en destrucción. No debemos contemplar con la sola óptica del mero pasatiempo o de la simple curiosidad tan altos valores morales, como si no fueran más que páginas arqueológicas, papeles archivados o piezas de museo. Tenemos que nutrirnos de la convicción sólida y firme de que todo ese rico patrimonio forma parte esencial de nuestra vida con el imperativo de una necesidad, y no podemos por lo tanto, derrocharlo desdeñosa o abandonadamente; sino que estamos obligados a acrecentarlo con nuestra atención vigilante y nuestra actividad denodada. Una actitud opuesta implicaría la negación de un pasado que condiciona la existencia de nuestra personalidad social y política en el presente y su subsistencia en el porvenir.
No nos hemos congregado, pues, para ocioso recreamiento ni para reducido interés. Hemos venido a plantear, con ánimo de resolución, problemas que afectan a la médula, al corazón y -¿por qué no decirlo?- al estómago de nuestro pueblo, a su más íntima razón de ser en el concierto internacional. El mantenimiento de su autarquía dependerá, en gran medida, de la orientación que adopte la docencia, simiente de otras instituciones. En este sentido, los convencionales de 1940, captando limpias corrientes de opinión popular, estatuyeron preceptos tendientes a robustecer en la enseñanza el alma de la cubanidad, atacada desde varios flancos extranjerizantes y disgregadores.
Un publicista cubano de talento tan verdadero como de tan poco afán en exhibición falsamente, el señor Fidel G. Pierra, consideraba que uno de los defectos principales en el carácter cubano era el de acletofobia, o sea, el horror a la verdad cuando no nos halaga. Una manifestación evidente de ese fenómeno es la carencia de estadísticas. Si le concediéramos a tal investigación la trascendencia que tiene y la importancia que merece, llegaríamos a consecuencias muy desoladoras sobre los resultados permanentes de nuestra economía. Sabríamos entonces las enormes cantidades de dinero que de Cuba emigran para el extranjero, veríamos cómo el cubano trabajó no sólo para el inglés, sino para el norteamericano, el español, el francés, el canadiense, el hebreo, el chino, el polaco, el jamaiquino, el haitiano y hasta el vaticanense.
Así se ha ido disociando nuestro cuerpo, mientras en la escuela se pretende continuar destruyendo nuestro espíritu. Para tratar de impedirlo hemos comparecido en esta mañana luminosa a este acto constructivo, uno de los pocos integralmente edificadores que se han verificado en nuestra etapa republicana. Lo que deseamos y demandamos es algo tan elemental como el respeto a la ley, y no a una cualquiera de estas reglas y normas, sino a la que es matriz suprema de todas en el régimen que nos hemos dado: la Constitución.
Pero, además, esa defensa de sus bases nacionales no es un movimiento singular del pueblo cubano; sino que, con sus propias peculiaridades, lo han venido practicando todos los Estados soberanos del mundo. Acaso sea nuestro nacionalismo el más generoso y, por ende, el menos agresivo de cuantos existen. ¿Por qué las corporaciones extranjeras que a la instrucción se dedican entre nosotros no han de comprender también, con solo mirar para sus respectivos países, la razón incontrastable que nos acompaña? A poco que piensen sobre ese extremo habrán de mostrarse comprensivas.
Conciudadanos: de la justicia de esta causa yo no tengo dudas. El amor que la conmueve aquí se proclama. Nos falta todavía un tercer sumando: la perseverancia en la empresa. He ahí la clave del posible y justificado éxito futuro. Y, por ello, mis palabras finales han de ser de exhortación a la constancia en el empeño.
Discurso pronunciado por la doctora Sarah Ysalgué de Massip en el evento nacional “Por la Escuela cubana en Cuba libre. Trabajos, acuerdos y adhesiones de una campaña cívica y cultural”, celebrado en La Habana, en 1941.
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| Doctora Sarah Ysalgué de Massip |
Como profesora fundadora de las Escuelas Normales de Cuba, dedicada durante más de veinte y tres años a la tarea de preparar maestros, he creído que es mi deber tomar parte activa en este acto, que es el inicio de una campaña Por la Escuela cubana en Cuba Libre, encaminada a fortalecer el sentimiento de nuestra nacionalidad en esta hora crítica del mundo, cuando los estercoleros de la traición y de los intereses creados como hongos monstruosos, los Quislingos dispuestos a entregar la patria a cambio de ventajas personales.
Cuba aparece en el escenario de la vida internacional retrasada en tres cuartos de siglo respecto de sus hermanas en el Continente. En este período, mientras un grupo heroico de cubanos luchaba por librar a su país de la explotación inicua a que lo tenía sometido la Metrópoli, otros cubanos, ignorantes, se sometían voluntariamente, llenos de terror ante la idea de lo nuevo.
El desenlace del drama en Cuba estaba predeterminado de antemano por factores independientes de la acción de los que en él tomaban parte. La carga de fuerzas históricas acumuladas durante lustros, se frustró por la influencia del factor geográfico, decisivo en toda la Historia de Cuba. La República nació debilitada por la intervención de fuerzas nuevas, cuya acción no había sido calculada de antemano y los gérmenes del coloniaje, aterrorizados durante la lucha, resurgieron dispuestos a recobrar el terreno perdido.
Labor sabia habría sido tratar de fortalecer entonces la naciente y endeble nacionalidad, pero la educación, instrumento excepcional para reafirmar la personalidad de los pueblos fue abandonada en gran parte a la incapacidad, o a manos extrañas, indiferentes o enemigas.
El estudio de la Geografía, de la Historia y de la Lengua se ha considerado siempre y en todas partes como el medio más poderoso de fortalecer la nacionalidad. El ejemplo de Alemania duele hoy en la carne viva del mundo. La enseñanza de la Historia exaltó de tal modo el sentimiento nacional de aquel país que hizo en pocos años de una nación mosaico la orgullosa potencia del Deutschlanduberalles. Con un suelo pobre y miserable, duro e infecundo hasta la mitad del siglo XIX, por estudio intenso de la Geografía aquel país ha aprendido a utilizar todas sus posibilidades convirtiéndose en una de las primeras potencias económicas del globo. ¿Y qué decir del estudio de la lengua? Los pueblos sojuzgados han conservado siempre su idioma como la esencia espiritual de la nacionalidad y sobreviven mientras perdura su lengua.
En Cuba colonial, en todas las escuelas tenía que enseñarse la Geografía y la Historia de España, el Catecismo y la Lengua Castellana. En Cuba republicana, durante mucho tiempo sólo se enseñaron la Geografía y la Historia de Cuba en los primeros grados de la escuela primaria, y aunque se instituyó, muy tímidamente por cierto, en las Escuelas Normales, hasta ahora ni un solo adolescente cubano ha recibido un curso completo especial sobre la Geografía de su país. Y estas enseñanzas, creadas recientemente en la Universidad por un legislador que no debe ser olvidado, no son, sin embargo, obligatorias para los profesionales de la enseñanza, que no sólo han de enseñar ciencias o letras o métodos, sino que han de distribuir a moldear el alma de los adolescentes cubanos, mientras muchos de ellos pueden ignorar completamente nuestra Historia y desconocen los rasgos esenciales de nuestra Geografía.
Estos hechos, terriblemente impresionantes a poco que se reflexione sobre ellos, han creado un complejo de inferioridad nacional traducido en el apoliticismo o el intervencionismo en lo político; por el snobismo en la vida social; y por el sentido de provisionalidad y la corrupción administrativa reflejada en la frase tan usual del “albur de arranque”, es decir, del aprovechamiento antes de la liquidación final. Y en la educación, por idea subconsciente del cubano que quiere preparar a su hijo para que sobreviva al desplome, convirtiéndolo en un extranjero en su propia tierra. Somos libre sólo de nombre; no porque fuerzas externas amenacen nuestra nacionalidad, sino porque faltos de fe, eternos derrotistas, tenemos el espíritu en cadenas. Pero la patria aún no ha muerto. Está débil, sí, y por eso nos movilizamos. No es esta una campaña chauvinista ni excitadora de odios. Es justo anhelo de vivir, de ser. Nos levantamos para recoger el patrimonio legado por nuestros libertadores y consideramos al maestro cubano como nuevo mambí que ha de forjar el sentimiento de nuestra nacionalidad. Los pueblos, como los niños, necesitan hacer por sí mismos; equivocarse, caer y levantarse de nuevo; sólo la propia experiencia los hace fuertes. Por eso queremos una Escuela cubana en Cuba libre, escuela tan libre como se quiera en la adopción de métodos; polifacética y múltiple por sus enseñanzas; pero rígidamente vigilada para impedir que los niños cubanos, futuros ciudadanos, sean víctimas inocentes del egoísmo de ganapanes; y rígidamente controlada en cuanto a la formación del espíritu nacional...
Nota:
Discursos tomados de Páginas Revisitadas. (Compilación y edición a cargo de Walter Espronceda Govantes.) Cuaderno 46 de Cuba Posible. Un Laboratorio de Ideas. Editado en La Habana, en julio de 2017,


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