España necesita un estadista
Por Emilio Barreto Ramírez
Falta un año para las elecciones generales. El sanchismo da señales muy claras de total agotamiento. Entre los procesos judiciales de imputaciones por corrupción (a Santos Cerdán, a la periodista Leire Díez, al ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, a Begoña Gómez, a David Sánchez, los dos últimos esposa y hermano del Presidente del Gobierno, respectivamente, y en días más recientes a Julio Martínez, de fuerte vínculo con Zapatero, y Juan Manuel Serrano, ex jefe de gabinete de Pedro Sánchez hasta 2018), más las sentencias de prisión dictadas en el Caso Mascarillas al ex ministro José Luis Ábalos y a su asesor, Koldo García, el gobierno de coalición frankenstein -que se ha hecho llamar "progresista, feminista y europeísta"- lo más lógico es que tenga los días contados.
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| Pedro Sánchez Pérez-Castejón, presidente del gobierno español y secretario general del PSOE. |
A la carga moral que implican los mencionados procesos judiciales, es preciso añadir en el ámbito nacional el problema de la vivienda elevado desde hace rato a la categoría de conflicto, más la notabilísima pérdida de poder adquisitivo de la clase media española en vía de extinción, si no es que ya se la ha cargado el Gobierno como resultado de toda una pésima gestión. Estos dos desafueros punzantes, son vistos por cada español como los problemas cardinales de la inmediatez.
Sin embargo, en esa observación radica el mayor de los errores de visión del electorado. El problema real que enfrenta España es raigalmente político. Únicamente desde una real transformación política se le podrá dar un vuelco a la cotidianidad de la clase media. Veamos un diagnóstico de la España que desde ya está dejando el sanchismo.
Primero: la excesiva dilación para presentar los Presupuestos Generales del Estado. Desde 2023 el Presidente del Gobierno no los presenta. Este modus operandi es impensable en democracia, mucho más cuando se trata de la cuarta economía de la Unión Europea, ubicada en el corazón de Occidente.
Segundo: los procesos de entendimiento con los separatismos catalán y vasco, respectivamente, han provocado una escisión demasiado profunda en la sociedad política española porque la ha protagonizado el PSOE: históricamente un partido de Estado, el cual se supone respete la unión duradera de la España que conocemos, más la centralidad de la Monarquía como instancia llamada a aglutinar las ansias de preservación de una España pujante política, económica y culturalmente.
Por derivación llega la tercera: la conformación de un gabinete de coalición frankenstein ha legitimado la aparición de partidos de membresía exigua a la izquierda del PSOE: casi todos antimonárquicos. Al extraviarse en el PSOE sanchista la condición de Partido de Estado, pues el izquierdismo español se ha bifurcado en una serie de formaciones minúsculas de vocación no solo republicana, también de una izquierda cercana a la inutilidad productiva, y al cinismo vehemente y soberbio del comunismo. Ello es tan nocivo como ridículo.
Cuarta: en la derecha, ahora en plena efervescencia, se mal perfilan partidos secesionistas proyectados desde un populismo atroz (Alianza Catalana, SALF), los cuales van ganando votantes, sobre todo el primero, en Cataluña. Esta topografía del terreno político español ya tiene delineado un presente crítico tanto para el centro izquierda como para el centro derecha, o sea, para el PSOE, e incluso para el PP, aún cuando vaya delante en las encuestas, lo cual no es indicador de victoria rotunda en los comicios del próximo año.
Quinta: Sánchez dejará una España desmoralizada en lo concerniente a las relaciones internacionales. De inicio se trata de la pérdida de confianza tanto de la Unión Europea como de la OTAN debido al acercamiento con China en detrimento de una alianza histórica con Estados Unidos, lo cual es una muestra de perversión, así como un error de sietemesino político. La dimensión de las consecuencias de semejante disparate todavía está por aquilatarse.
Aún así, lo más sensato es no aferrarse demasiado a la seguridad palmaria de que Sánchez no repita en las próximas elecciones por dos razones harto testimoniadas en la historia más reciente. Primera: Sánchez es un gobernante desprovisto de referentes éticos y la Constitución de 1978 ha dado señales de presentar zonas susceptibles de ser blanco de profanación. Ya hemos tenido alguna evidencia: el modo en el cual comenzó a avanzar el recurso de la Ley de Amnistía, mediante la cual el Estado español le pediría perdón a los etarras y a los secesionistas catalanes del Procés, en 2017. Si la Ley de Amnistía no ha transitado del todo, España se lo deberá siempre al cinturón sanitario que han conformado el honroso Poder Judicial, más el periodismo genuinamente patriota y democrático que de modo eficaz se ha sumado al trabajo titánico de los jueces, de la UCO y, desde lo simbólico, la faena desplegada por la Casa Real en la estrategia de organización y divulgación de la agenda de preparación militar, social y cultural de su alteza real, la princesa de Asturias, doña Leonor de Borbón, para quien ya se aproxima el ingreso en la educación de nivel superior, luego de haber realizado una preparación muy satisfactoria en el servicio militar en los tres ejércitos. Es decir, mientras Sánchez se ocupa en la defenestración -primero velada y ahora más abierta- de la monarquía española, la Casa Real ha impulsado la entrada de la princesa Leonor en el ámbito de la sociedad política y la esfera pública españolas. Ello constituye una apuesta nacional por conservar una España impoluta. Por último, la Casa Real, sabiamente, ha decidido la participación de su alteza real, la infanta doña Sofía de Borbón, igualmente en el ámbito de la institucionalidad sociocultural de España.
Hay una razón más para no confiar demasiado en el apagamiento de Sánchez. España sufre dos sanchismos: uno se halla en el Palacio de la Moncloa; el otro en la calle Ferraz, de Madrid. Si Sánchez ha perdido el favor y la simpatía de los españoles, lo real es que todavía conserva mayoría como secretario general del PSOE. Reviste idéntica importancia que Sánchez sea sacado de la Presidencia del Gobierno, como de la Secretaría General del PSOE. Si el PP quiere continuar siendo un eficaz Partido de Estado de centro derecha, comprometido con una visión liberal de la sociedad, así como con una España unida y por ende protagónica dentro del concierto de naciones de la Unión Europea, requiere tener enfrente un buen Partido de Estado de centro izquierda, igualmente comprometido con la democracia desde el respeto a las instituciones y distante de la cultura woke que destilan los partidos minoritarios de izquierda que sucumben a las maromas politiqueras de Pedro Sánchez y a lo que durante décadas fue la ideología del socialismo marxista en las repúblicas latinoamericanas. Por consiguiente, resulta sensato admitir que es necesaria para la sociedad española la regeneración del PSOE: con políticos coherentes con un posicionamiento de centro izquierda, pero distante de la ideología marxista.
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| Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular y líder de la oposición. |
Después se halla el actual proceso de negociaciones entre PP y Vox. Este acercamiento es como para seguirlo en puntas de pies y con los zapatos en la mano -como para no hacer ruido-, pues lo circunda todo un enigma. Aunque lógico, hasta ahora lo único que transparenta este proceso es un alarmante signo de interrogación. Los pactos de investiduras en Extremadura, Aragón, Castilla León y Andalucía han estado muy lejos de haber sido una panacea: absolutamente todos -unas veces más, otras menos- se consiguieron a partir de un entramado de discrepancias por momentos irreconciliables, aún cuando en ambos partidos se tenía conciencia de que es absolutamente ineludible la necesidad de un entendimiento para impulsar gobiernos en cada una de esas autonomías. Lo peor es que el saldo de esas conversaciones ha sido la reversión del escenario: el PP ha ganado las cuatro elecciones, pero Vox se ha adueñado de la llave en cada una de esas legislaturas. Hemos presenciado investiduras que han sido única y exclusivamente de la complacencia de Vox, aún cuando el PP diga lo contrario. En ese aspecto, resulta muy testimoniante la transparente elocuencia de Juanma Moreno, apenas consiguió el apoyo de Vox para la investidura en Andalucía.
A la Moncloa, un gobierno de coalición PP-Vox ojalá entienda que llegaría para encontrarse con la urgencia de una agenda de cambios estrictamente políticos, así como moralmente obligatorios, para que avancen las transformaciones de toda índole. En política internacional será imprescindible que Alberto Núñez Feijóo procure un nuevo acercamiento con Estados Unidos. A Feijóo no se le visualiza en el ámbito de las relaciones internacionales, porque es un jefe de la oposición demasiado hogareño para lo cabilderos, trashumantes y callejeros que es preciso sean los líderes políticos desde que Henry Kissinger inauguró la metodología y el estilo exitoso de la diplomacia itinerante. Del tiempo a la fecha hemos constatado los éxitos de Eduard Shevardnadze, en la Era Gorbachov, y ahora Marco Rubio, instalado eficazmente en la Doctrina Donroe.
De acceder al Palacio de la Moncloa, Feijóo tendrá que sentarse directamente en la mesa de la diplomacia con Donald Trump: un político tan impredecible como hábil (y es sorprendentemente impredecible). Feijóo se hallará entonces urgido de tener muy claro que Trump, cuyo particularismo principal es el ego sin límites, posee además maña política y un avasallador liderazgo internacional como para -sin el más mínimo de los complejos- bailarle a Feijóo un zapateo encima de la mesa de la Sala Oval o en la más insospechada región del mundo. A tenor de ello hay otra incertidumbre todavía peor: ¿con qué equipo de políticos medianamente eficaces cuenta Feijóo para encabezar un gabinete de gobierno que proyecte a España en el escenario de las relaciones internacionales dentro del Primer Mundo? ¿En cuál de los colaboradores de Feijóo, o de Abascal, es posible visualizar un ministro de relaciones exteriores capaz de entablar un diálogo de iguales con Marco Rubio: un político probadamente capacitado para convencer a un auditorio en cualquier foro? Los colaboradores más cercanos nombrados por Feijóo en el más reciente Congreso del PP hasta ahora parecen más chillones activistas de mítines que políticos sagaces y listos para, en conjunto, sacar a España del marasmo internacional en el cual ya la han sumergido la cortedad de miras, el deslumbramiento por el poder, la incultura y el descompromiso patriótico de Pedro Sánchez. Todo esto es el resultado de una pésima estrategia política (si es que existe alguna estrategia) en la cual ha insistido Feijóo desde las Generales de 2023.
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| Santiago Abascal, líder de Vox. |
Al mismo tiempo, ¿dónde están los estrategas de Vox? Hasta ahora, a juzgar por las purgas sonoras dentro del Partido -todas ejecutadas sobre políticos de habilidades probadas- ya hay certezas de que más allá de Santiago Abascal no es posible la distribución de prerrogativas para decisiones y mucho menos para estrategias de toda índole dentro del Partido. Como método, Abascal insiste en una confrontación ríspida y voraz en los dos ámbitos: el nacional y el internacional, sobre todo frente a los pactos de centro derecha-centro izquierda dentro de la Unión Europea (¡nada más y nada menos!).
Abascal da hasta señales de ni tan siquiera conocer bien su propio país. Por ejemplo, se ha referido a cuestiones relacionadas con la alta tasa de desempleo, pero jamás a la causa: la altísima complejidad del mercado laboral español más las consecuencias que depara para toda la población en edad laboral. En varias ocasiones ha declarado públicamente que Vox tiene también la prioridad de traer de vuelta a los jóvenes que han emigrado a otros países de la Unión Europea en busca de mejores ofertas laborales. En España hay un mercado laboral no altamente complejo, sino desmesuradamente complicado: para los jóvenes españoles, el problema crucial es la precariedad del salario. Para el mercado laboral español, la juventud es enfermizamente efímera. El salario mínimo en España se halla en los 1282 euros mensuales; en Alemania y Francia hace rato supera los 1700 euros mensuales. Sería infantil pensar que Abascal pueda poseer alguna fórmula mágica para poner de acuerdo a los empleadores con el Gobierno para que el salario mínimo sea elevado a un rango notablemente competitivo dentro de la Unión Europea, como para empezar a estimular el regreso de esos jóvenes españoles emigrados. Al mismo tiempo, están los grupos etarios ubicados en la madurez laboral y existencial. Para quienes se hallan en este rango de edades, el conflicto del edadismo rabioso que ha pautado el mercado laboral en España para la senectud (52 años) es el principal obstáculo en la esgrima verbal que se practica en la inmensa mayoría de las entrevistas de empleo. Para estos conflictos, los cuatro años que estará Vox en varios de los ministerios del gabinete de Feijóo -con Abascal: si no en la vicepresidencia, al menos haciendo de Cardenal Richelieu como poder detrás del trono- son un tiempo demasiado corto para empezar a poner en práctica una estrategia, así como demasiado largo para que el electorado español comience a constatar el modo en el cual pudieran atisbarse los primeros tambaleos del Estado de Bienestar.
Sánchez tiene que salir de la Moncloa. Eso es justo desde hace rato. Porque nada, ni tan siquiera medianamente bueno, tiene para aportarle a la sociedad española. Está claro que únicamente le interesa el poder. Y si para ello necesitara quebrar España sobre la base de dos referéndum (el de la independencia de Cataluña, el País Vasco y Navarra, más el de la fundación de la III República Española), pues estaría absolutamente dispuesto a cargarse la historia de España y la identidad española. En Sánchez es curioso el cinismo de marras: le critica a Feijóo no tener una agenda con un proyecto de país, pero él tampoco la ha tenido, ni la tiene, y es quien gobierna.
La dupla Alberto Núñez Feijóo-Santiago Abascal avanzará en la zona de pactos electorales de postelecciones, pero lo hará con un estigma: el del oprobioso discurso público de la xenofobia de Vox que el PP ha ido comprando a partir de la política errática de "prioridad nacional", la cual veremos cómo se aplica, porque los procederes más recientes en relación con la Ley de Nietos son todo un cotejo de insultos y exclusiones para Hispanoamérica: región que definitivamente ha salido del interés y el afecto de la clase política española. Toda esta andanada excluyente y por ende vergonzosa nada tiene de loable. En la historia universal de las ideas no se conoce un solo reino, imperio, potencia política, militar y económica, o partido hegemónico que haya tenido el poder absoluto, lo haya perdido y se haya resignado a no recuperarlo al menos sobre la base de un reposicionamiento flexible tanto en los ámbitos regionales como societales. Así se ha proyectado Inglaterra con sus ex colonias. Otro tanto muy inteligente -y todavía más humano- ha hecho Portugal. La Iglesia católica, sabedora de la definitiva separación entre la Iglesia y el Estado, también ha ensayado adecuadamente un reposicionamiento flexible primero en el concierto de naciones y rápidamente en las sociedades. España es la tristísima excepción capaz de echar por la borda cuatro siglos de fundaciones ultramarinas.
Feijóo y Abascal deberán tener muy en cuenta, todo el tiempo, que España está necesitando un presidente de gobierno con estatura de estadista; primero para salir de la crisis institucional e ideológica que la aqueja febrilmente. La solución de lo institucional es para librar a España de la endeblez democrática y de la pérdida del poder adquisitivo del español. Para ello tendrán que proponerse el rescate de la clase media española. La solución de lo ideológico implica levantar el prestigio de España en la arena internacional sobre la base de proteger los reales intereses del Estado Español: primero que todo haciendo por recuperar los aliados naturales de España. La idea de llevar a cabo una reforma electoral es cardinal. En tal sentido, mucho más favorable sería que esa coalición de centro derecha y la derecha obtuviera 210 escaños en el Congreso de los Diputados, para tener el camino expedito hacia la realización de enmiendas a la Constitución, por medio de las cuales queden blindadas la monarquía, la unidad indivisible de España y el Estado de Derecho.
Pero la andanada xenófoba contra los descendientes de españoles (sobre todo los cubanos y argentinos) pudiera traer pésimas consecuencias para esta coalición en ciernes con serios problemas para orientarse en medio de los puntos cardinales. Feijóo ha denunciado una supuesta "ingeniería electoral" sanchista para conseguir el voto por correo de los cubanos-españoles en Cuba: un país donde el electorado es completamente nulo, es decir, no vota, pues el cubano medio se concentra, únicamente, en su propia supervivencia dramática. Hay otra razón: el gobierno cubano no reconoce la doble ciudadanía. De ese modo suprime hasta el más mínimo de los diálogos con quien no reconoce. Si eso no fuera suficiente, tampoco favorece ni tan siquiera uno solo de los procesos de obtención de la ciudadanía española. Si la conjura denunciada por Feijóo fuera cierta, algo muy jugoso en el ámbito de lo político tendría que darle a cambio Sánchez al gobierno comunista de La Habana, porque ese no se anda con chiquitas y tiene experiencia en la negociación de favores, hasta incluso más allá de cobrar por un servicio. El gobierno cubano está completamente aislado como para prestarse a un pucherazo a cambio de unos cuantos euros que esté cobrando la agencia Palco para solventar la burocracia que desborda al Consulado de España en La Habana. Tercera: el cubano medio está harto de todas las izquierdas. Si tuviese la oportunidad de votar por correo, atendiendo a la pasión, la rabia y la impotencia que lo recorre y circunda, sin el más mínimo de los remilgos, lo haría volteando la vista hacia la derecha.
De continuar esta cruzada de xenofobia repugnante, frente a la cual ya se está movilizando en la propia España la comunidad de descendientes de españoles, un escenario todavía más filoso pudiera estar vislumbrándose: la pérdida de las simpatías electorales de cubanos-españoles, argentinos-españoles, venezolanos-españoles radicados en la propia España. Me refiero a descendientes de españoles hasta ahora votantes del PP, más los grupos de jóvenes que le han profesado simpatías a Vox y llevan rato esperando las elecciones generales para confiarles el voto al Partido del Cada Vez Más Supremo Abascal. Todos esos votos pudieran escabullirse hasta por un lógico instinto de conservación. Esos votantes hispanoamericanos, nacionalizados españoles por medio de la Ley de Nietos, o por la Ley de Memoria Histórica (2007) pudieran ejercer sus respectivos votos a partir de dos posicionamientos: los medianamente conocedores de la política en España votarían en blanco; los menos conocedores, sin la menor de las vacilaciones podrían ejercer el voto de castigo y mirar hacia la izquierda, aunque no les guste. No es para menos cuando la avalancha xenófoba sale del Congreso de los Diputados, recala en la virulencia ejercida por un líder de opinión a escala nacional, como el periodista y escritor Federico Jiménez Losantos, cuyo discurso plagado de exclusión social se irradia por toda la sociedad española desde una emisora radial y un canal de podcast. Aunque le disguste al xenófobo Federico Jiménez Losantos(inocentes), porque este es lo más parecido a cualquiera de los personajes flageladores de la novela de Miguel Delibes (Los santos inocentes), la hispanidad o españolidad se hereda por la sangre, porque así fue como los españoles que emigraron a América educaron a sus hijos criollos nacidos en Cuba, en Argentina, en Venezuela, en México y en todo país del Nuevo Mundo: en una devoción por la Madre Patria. Y eso es tan genuinamente respetable como venerable. Sánchez no ha hecho ni tan siquiera lo más mínimo para favorecer la tramitación de expedientes de nacionalidad española en cualquier parte, ni en Cuba los descendientes de españoles son interpelados por el gobierno comunista, porque el gobierno comunista de La Habana los desconoce como españoles. Si Feijóo y Abascal están convencidos de que la centralidad de la ingeniería electoral de Sánchez se halla en el voto hispanoamericano en ultramar, pues la oposición española se halla apuntando al Palacio de La Moncloa y disparando hacia el Océano Atlántico. Toda esta desvergonzada xenofobia pudiera estar señalando que el próximo gobierno no será el de Alberto Núñez Feijóo, sino el de Feijóo-Abascal: con el primero interpretando al Fausto y el segundo al Mefistófeles, de Goethe. Ese espectáculo sería inédito en la política española posterior a la transición a la democracia.
Rebasado el sanchismo, al menos en el gobierno de España -reitero-, la silla de la Moncloa no requiere únicamente las dotes y la decencia de un buen administrador, sino la pericia, la sagacidad y las agallas de un estadista, tal y como lo hicieron en democracia Adolfo Suárez y Felipe González, así como en medida visible José María Aznar. Si el PP y Vox llegaran a cumplir con un cometido dispuesto a mejorar humanamente a España, se habrán granjeado las simpatías y el favor de todo un electorado. Pero si no cumplen, por insistir Feijóo en sus desvaríos de bodeguero administrador extrapolado a la política (sin ofender a los bodegueros), y Abascal en esa altanería de vikingo trasnochado e impostado, los votantes se sentirán eternamente defraudados: sí, eso mismo, ¡eternamente! Porque la memoria popular en España puede resultar exageradamente inamovible. Ello sería catastrófico para la legislatura y sobre todo para el PP porque, con la más completa seguridad, pasados cuatro años estaríamos en presencia de un implacable voto de castigo para los dos Partidos. En España los votantes, por más que duela reconocerlo, tienden a comportarse con resortes pasionales casi idénticos a los de cualquier electorado en un país latinoamericano de reciente llegada a la democracia. Que le quede claro también a Federico Jiménez Losantosinocentes.
Valencia, España, julio de 2026.



La actual legislatura Frankestein obedece a que se hizo para dos cosas: investir a Sanchez Pedro como jefe de la tribu social comunista y amnistiar al golpismo catalán. Que no haya Presupuestos es ilegal, pero Europa es una casa de putas. El mandato de las urnas es una alianza PP-Vox y dejarse de mariconeo ante la PSOE q gobierna con golpistas catalanes y con etarras, más la checa comunistoide. Lo de la ley de nietos, q es solo una disposición dentro de una ley, obedece al racismo antropológico de españoles y a su altanería de gatos con botas. El voto exterior es despreciable estadísticamente xq padece un índice de abstención superior al 50%. Y este ataquito de Vox y de cubanos estupidos presume q todos los nacionalizados votarían izquierda. España esta a salvo porque su estado y la corona son contrapesos a los desmanes de SP y su banda. Desde Zapatero, el criado de chinos y bolivarianos, la táctica consiste en dinamitar el modelo de la transición y empobrecer a España
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