La justicia y el reloj biológico
Por Emilio Barreto Ramírez
El fallecimiento del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez, ha vuelto a poner sobre el tablero del activismo político de la oposición cubana en el exilio un conflicto no resuelto: el lamento como consecuencia del final tranquilo luego de una vida propinando represión y martirio. La no comparecencia de Valdés Menéndez ante la justicia, porque Cuba aún no es un país refundado sobre la base de una constitución republicana, democrática y signada por la separación de poderes, más las libertades de asociación y de expresión, respectivamente, se ha convertido en un punzón tanto en Miami como en Madrid a la hora de metabolizar esta clase de suceso luctuoso. Algo parecido tuvo lugar a raíz del deceso del también Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque, aunque con mucho menos ruido. Lógicamente, en el evento de actualidad, semejante herida de dimensión civilista denota una sangría mayor debido a la hoja de servicios de Ramiro Valdés y porque el socialismo en Cuba se halla en estado de coma irreversible.
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| Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez (La Habana, 1932-2026). |
Los jerarcas fundadores del socialismo real en Cuba van desapareciendo por las paradas nada abruptas del reloj biológico. Precisamente por esa lentitud agónica estoy convencido de que al menos sí ya han comenzado a pagar: no han sido llevados al tribunal de los hombres, pero la realidad cubana actual los ha plantado en el de sus respectivas conciencias primero, y finalmente en el de la historia, cuyo juicio se extenderá. Por eso, en el banquillo de los acusados de la democracia, pudieran ser sentados post mortem. Esto lo veremos al final de los tres puntos que expondré con el objetivo de fundamentar la afirmación que justifica estas líneas.
Primer punto. El socialismo, tal y como lo hemos conocido a partir de enero de 1959, se constituye en un sistema fundado sobre la base de una inconmensurable aspiración a una dimensión escatológica, esto es, con una impostergable e irrebatible ansia de trascendencia en el espacio y en el tiempo. O sea, el socialismo es un sistema redentor, cuya consustancialidad es el porvenir luminoso. Acaso por eso al socialismo se le torna inherente el afán expedito de tábula rasa en detrimento del sistema social anterior. En el socialismo cubano resultó absolutamente preciso canonizar un nuevo santoral con el objetivo de coartar todo el pensamiento social de la República fundada en 1901 junto con sus prácticas: desde las más sublimes hasta las más insignificantes; poco importa lo efímeras que fuesen. No me adentraré en las letanías del santoral socialista (¡Fulano de Tal!... ¡Presente!), pero traeré a colación una de las consignas escatológicas: "¡gloria eterna a los héroes y mártires del Moncada!"
Dado que suele considerarse algo así como mesiánico, apostólico y trinitario, el socialismo es un sistema político, social, económico y cultural pensado por sobre todas las cosas para ser expandido por medio de una lógica de globalización anunciadora de un tiempo nuevo. En este sentido, aunque no lo reconozcan los teóricos sociales de izquierda, el socialismo es finalmente un sistema místico que ha fundado una nueva trinidad (Marx, Engels y Lenin), pero apoyándose en la metodología social del sistema feudal. Si el feudalismo se irguió sostenido por el maridaje de una casta aristocrática y otra militar, más la fundamentación teórica y la bendición llevadas a cabo por la Iglesia católica -la primera en las universidades y la segunda en el púlpito de cada una de las misas dominicales-, el socialismo se ha parapetado en un fortísimo aparato militar en contubernio con una tecnocracia (lógicamente sin los buenos modales de los señores feudales), justificados socialmente ambos a través del esfuerzo de una intelectualidad orgánica que regurgita a partir de las lavativas practicadas en el Comité Central del PCC, para elaborar teorías sesgadas desde la más absoluta irracionalidad productiva por medio de la siguiente traza epistémica: la racionalidad del pensamiento económico de la derecha produce riquezas materiales e impulsa el desarrollo, mientras en el socialismo se elaboran teorías para distribuir lo que producen los teóricos de la economía de mercado. El socialismo real necesita, por encima de todo, coartar la iniciativa enrareciendo los aires de libertad emanados de cualquier prisma de la esfera pública, incluso hasta el del pensamiento crítico esgrimido por el marxismo cultural, de alcance notorio en el occidente europeo.
Por lo tanto -segundo punto-, el socialismo cubano ha sido un sistema subsidiado por algún proveedor de turno (la URSS, la República Bolivariana de Venezuela): no está interesado en producir, porque la producción estimula la iniciativa individual y la de los colectivos sociales. Para testimoniar de manera fehaciente esta idea, basta reparar en la condición extinta de Cuba como mayor productor de azúcar de caña a nivel mundial. Hay que tener ganas de hacer mal las cosas para provocar la escandalosa ineficacia de las zafras azucareras en la Cuba de las últimas décadas. Los únicos avances notorios que puede exhibir el aliento productivo cubano es localizable en el empeño de la mano de obra altamente calificada en el polo científico de La Habana (Instituto de Biotecnología y el de Inmunoensayo, entre otros), más en el de la economía de servicios leoninamente practicada con los médicos y los docentes en América del Sur y en África, respectivamente. Al final, la iniciativa individual es sospechosa; de ser puesta en práctica de forma hasta más o menos estimulada, pero sumamente regulada, con seguridad será vista como un hándicap: los productores en plena carrera, por paquidermos que fueren al moverse, a la gobernanza se les configura como potencialmente capaces de perderse en la curvita.
Por consiguiente llega el tercer punto: el socialismo, como sistema sostenedor del status quo, jamás enaltecerá al pobre; en cualquier caso, empobrecerá al rico. Entonces es un sistema de iguales, pero en él se empoderan algunos que son más iguales que el resto. Esta condición censora, opresora y egoísta hace del socialismo un sistema envidioso, pues no soporta el triunfo, es decir, no comulga con el individuo elevado a sujeto social capaz de subvertir un orden determinado sobre la base de la realización de propuestas para el bien común. De hecho, la acción de elaborar desde la izquierda teorías económicas cuyo único objetivo es la elaboración de metodologías para distribuir la riqueza salida del pensamiento de los economistas de derecha, ha sido un acto de envidia. El único modo eficaz de frenar, ralentizar y finalmente extirpar el empuje de la iniciativa individual es poniendo en la órbita de la sociedad una vigilancia demoníaca por medio de la cual cada individuo intuya la existencia de un pasado tenebroso e inmoral que siempre puede estar esperándole, aún cuando jamás lo sepa con exactitud. El pasado es un supremo omnisciente que gravita de manera criminal: listo para enturbiar, por los siglos de los siglos, toda una vida de sacrificios.
En los tres puntos enunciados y explicados están la tela, la aguja, el dedal, el hilo y las puntadas luciferinas de quien ha fallecido en días muy recientes. No estuvo ante un tribunal judicial, pero sí ante el panorama de un socialismo en caída libre. Mientras languidecía encamado, Valdés Menéndez habrá visto mucho más de cerca un pueblo que definitivamente dejó de creer en el socialismo mesiánico y en todos los socialismos. Cada cacerolazo es un juicio con veredicto; la emigración masiva una prueba palmaria de hartazgo y desprecio popular, así como un mensaje de frenética indignación frente al modo de ordenar las prioridades de un país donde al parecer no hay pueblo, porque nada más importan las razones de la cúpula gobernante.
Ahora, previendo la letanía del bloqueo (que de unos meses a la fecha sí es absolutamente tangible y se halla muy reforzado), me permito dos párrafos de digresión necesaria. Nadie se llame a engaño: si la economía ha descendido hasta la crisis humanitaria, la mayor responsable es la gobernanza ejercida, cuyas reservas morales -donde las hubiere- debieron activar una llamada a la ética de total apostolado para procurar la reincorporación plena de Cuba dentro del amplio espectro político que conforma todo Occidente: la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y América Latina, que son los cuatro contextos de dinamización económica naturales para los intereses de la nación cubana. Ello habría significado, por encima de todo, el inicio del entendimiento con la diáspora.
Todo ese cotejo de estrategias renovadoras habría constituido un frenazo al menos ante el empuje de Estados Unidos, imbuido junto con las otras dos superpotencias políticas, militares y económicas del Planeta (China y Rusia), en una cruzada por el reordenamiento geoestratégico del mundo. Porque ante una economía dinámica y robusta, por impetuoso que se proyecte el imperialismo, siempre aparecerán miramientos ordenados desde la sensatez. Para un testimonio al respecto, basta nada más con mirar de soslayo la parada inmediata de Trump en su carrera a por Canadá, Groenlandia y el Canal de Panamá. Pero la historia del socialismo cubano siguió perfilándose con trazos demasiado grotescos y ahora yacen sobre el tablero tardío de la burocracia del PCC 176 medidas económicas hemiplégicamente políticas que pretenden transitar sin el andador portentoso que revisten la sociedad plural y la libertad de expresión. ¡¿Un despertar económico a la usanza china o vietnamita?!; ¡¿y en el centro del hemisferio occidental?! El remedio es patético, porque Cuba se halla rodeada de toda la derecha latinoamericana -ahora totalmente hegemónica- en plena expansión indetenible de un trumpismo feroz.
Sí pagó el Comandante que elaboró la armazón represora de la policía política y las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), así como el destierro forzoso de pueblos enteros de la zona central del país hacia el extremo occidental. Con ello le creó toda una crisis identitaria a familias comprometidas con el terruño en el cual nacieron y por ende con sus propias historias. Igualmente está pagando el resto de la gerontocracia que es muy probable clame en silencio porque el reloj biológico acabe de marcar los respectivos segundos finales, para no presenciar el advenimiento de una nueva época, en la cual absolutamente todos han podido comprobar cómo las revoluciones armadas, entrenadas y subvencionadas por ellos mismos han sido relegadas al desuso más categórico. En Latinoamérica se van clausurando las reivindicaciones sociales violentas al tiempo que las clases medias adquieren conciencia de la posibilidad real de aprender los rigores del cabildeo político desde el ejercicio democrático de la libertad de asociación y de expresión. Todo eso lo están viendo los fósiles de energía política no renovable sentados en sus casas, frente a pantallas de televisión que son cuatro o cinco veces más grandes que las existentes en enero de 1959.
Pudieran continuar pagando si -sabiamente- la constitución de la Cuba democrática se propusiera un blindaje en relación con el futuro político de quienes se atrevan a protagonizar golpes de Estado, porque al concepto de guerra irregular también le ha sido aplicada la obsolescencia programada. Desde hace dos décadas no es necesario salir a la búsqueda de columnas, brigadas y cuadrillas de alzados en regiones montañosas, o en bosques. Las guerras son por satélites mediante los cuales es posible ubicar objetivos muy distantes. No considero democrático ilegalizar partidos socialistas o comunistas. En la Cuba democrática han de tener todo el derecho de estar en la oposición para luchar por el poder. Pero sí será sensato invalidar tajantemente el futuro político de quienes revuelvan las ciudades con el terror de las armas.
Valencia, España, junio de 2026.

Sí creo que según borda el artículo, habrá que emprender una Renovación Moral e Histórica como parte del proceso de reconstrucción de Cuba. Ahí, como dijo algún poeta hace tiempo, habrá "fechas que veremos arder". Y sería muy útil, pedagógica y sociológicamente hablando, levantar un Muro de la Infamia que perpetúe para lección y aprendizaje a partir de antiguos errores, una Memoria Histórica que sirva también como instrumento de justicia reparadora.
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