Apuntes para una diferenciación entre las dictaduras de izquierda y las de derecha (ensayo)

Por Emilio Barreto Ramírez


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En 2018, durante una larga entrevista al escritor Mario Vargas Llosa, en presencia de una gran parte del estudiantado de la Universidad de Salamanca, hubo un momento en el cual el entrevistador se interesó por conocer el criterio del Premio Nóbel de Literatura peruano-español en relación con las diferencias éticas y utilitarias entre las dictaduras de izquierda y las de derecha. A tenor de la pregunta, el entrevistador-moderador se las compuso para deslizar una cierta apuesta por las dictaduras de derecha, si fuese preciso escoger. Lo llamativo del caso es que Vargas Llosa -al menos para mi gusto- reaccionó demasiado apasionadamente y ni tan siquiera aceptó la pregunta, porque a la postre tan totalitaria es una dictadura como la otra. El razonamiento de Vargas Llosa, aún cuando es éticamente correcto, peca por ser de tábula rasa.

En 1998 me correspondió dar cobertura periodística a la visita del papa Juan Pablo II a Cuba. Entonces me desempeñaba como periodista y editor de la revista Palabra Nueva, órgano de la Arquidiócesis de La Habana. Desde la oficina de prensa de la Iglesia, instalada en el segundo piso del Hotel Habana Libre, seguí todo el itinerario pastoral de Juan Pablo II. En esas sesiones de trabajo pude conversar con algunas personalidades. En una ocasión entró a saludar un empresario estadounidense exitoso, además de bien afianzado dentro del Partido Republicano. Lógicamente de proyección política conservadora, mientras exponía ideas sobre diversos temas de la política internacional de aquel contexto, vertió la hipótesis de entre los males, el menor: las dictaduras de derecha son menos nocivas que las de izquierda. Demoré no pocos años en arribar a certezas al respecto. Aún cuando los totalitarismos de cualquier signo constituyen perversiones frente a las cuales es absolutamente beneficioso blindarse, el empresario estadounidense tenía toda la razón.

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La primera gran diferencia entre las dictaduras de derecha y las de izquierda radica en la capacidad real de generar riqueza material sobre la base de la preservación que hacen las primeras del respeto a la irradiación de una concepción liberal de la economía más el reconocimiento de la centralidad del mercado, tal y como le compete a las ideas del liberalismo avanzado que emanó de la Revolución Francesa de 1789 y del ordenamiento republicano luego de la Independencia de las Trece Colonias, cuando se fundó los Estados Unidos de América. Tanto en Francia como en Estados Unidos de América, los ordenamientos políticos y sociales activaron el prisma nuevo y novedoso a través del cual se enrumbaría la geopolítica mundial iniciada en las postrimerías del siglo XVIII. En las dictaduras de derecha suele ponderarse una sublimación articulada de la economía en favor del desarrollo de la sociedad y de la consecución de la riqueza del país y de las economías individuales al mismo nivel de las repúblicas pautadas por el orden constitucional. Ejemplos hay unos cuantos: la España franquista es uno de ellos. Es justo acotar que el franquismo puede y debe ser dividido en varias etapas: la primera se inicia con el triunfo del falangismo sobre la II República: esa etapa fue dictatorialmente represiva hasta llegar al derramamiento de sangre. Sin embargo, la España franquista que se disponía a clausurar la década del cincuenta del siglo XX ya se hallaba en proceso de desarrollo tanto de la economía nacional como de las economías familiares. De hecho, en la España de finales del franquismo se advierten las bases perfectamente creadas para el desarrollo industrial. Aquí es beneficioso acotar que resulta imposible impulsar el desarrollo económico de un país sobre la base del crimen y la represión sangrienta. Entonces, la España que en la década de 1960 está experimentando el avance macroeconómico y por ende la elevación del poder adquisitivo del ciudadano medio, deja apreciar una sociedad con una sociedad civil y una esfera pública atenazadas, pero apacentadas y con una economía de mercado pujante y bien incorporada a los rigores del mercado mundial.

General Francisco Franco, jefe del Estado Español desde 1939 hasta 1975.

La fundamentación teórica del desarrollo social en la democracia se construye desde el giro y el jalón producidos en la filosofía moderna por el pensamiento de Augusto Comte: el positivismo del XIX francés que constituyó un prisma muy acertado por expandir una orientación política y social dirigida a sublimar, con enfoque pragmático, el desarrollo económico. El giro comtiano se asentó igualmente en las lecturas reposadas de las teorías de Adam Smith y David Ricardo. De ese modo transcurrió todo el período moderno de la sociedad preindustrial. Hasta que en la sociedad estadounidense, absolutamente ordenada por medio de la teoría positivista, pero más desde el pragmatismo de Herbert Spencer, por un lado, y el de John Dewey, en menor medida por el otro, el modelo desarrollista se bifurca porque le es introyectado el afán del hiperconsumo. Esto acaso pudiera decirse si nos detenemos en el diseño de una aspiración socioeconómica concretada en el lema nacional Time is Money. Desde entonces es que se pueden palpar las diferencias entre el modelo de desarrollo socioeconómico y la organización de la vida en las naciones centrales: por un lado, los países del occidente europeo y por el otro los Estados Unidos de América. Todo el diagnóstico de la sociedad hiperconsumista se halla muy bien sistematizado en el pensamiento del sociólogo polaco Zigmunt Bauman, sobre todo en su teoría de la modernidad líquida: aquella que ha sumido a las sociedades de las naciones centrales en prácticas de las cuales se han extirpado los valores que constituyen la teleología de los metarrelatos. A saber, la cultura woke (un término de facto) pudiera ser un ejemplo claro de la intromisión de la modernidad líquida en sociedades bien ordenadas desde una eticidad que constituye una metanarrativa de la vida.

Para el tema que nos ocupa, la cuestión estriba en reconocer la orientación liberal de la economía en países que se han visto sometidos a la dictadura de derecha, cuya única tendencia al totalitarismo manifiesto es el encorsetamiento social para regir la conducción del individuo, de las instituciones y de todos los colectivos sociales en el ámbito de la esfera pública, esto es, la libertad de expresión en dos espacios de censura: el derecho de asociación y la libertad de prensa. En las dictaduras de derecha -también en las de izquierda, pero con matices aún más perversos- la libertad de expresión es coartada de inicio en la producción y divulgación de la cultura, es decir, a partir de la acción de los Aparatos Ideológicos del Estado y de los Aparatos Críticos del Estado. Estas dos categorías de análisis son una conceptualización del filósofo francés Louis Althusser. En la primera, el pensador francés de inspiración marxista ubicó los medios de comunicación masiva en el momento de ofrecer, básicamente, información periodística; en la segunda se encuentran los medios de comunicación a través de los cuales se origina y se divulga la cultura de masas, o sea, el cine, la radio, el teatro, la televisión, las casas editoriales y ahora tendríamos que añadir a la concepción de Althousser las plataformas informativas y de entretenimiento que se hallan en las autopistas de la información. El otro espacio de censura es el de la estructuración de la sociedad civil, o sea, la manera en la cual en las dictaduras de izquierda es violentada la independencia de instituciones que, por derecho propio, han de actuar precisamente con independencia de la sociedad política, es decir, sin ataduras con el partido oficialista. De regreso a la España del franquismo, se hace visible la prohibición de partidos políticos. En resumen: se trata de sociedades de las cuales se suprime la pluralidad.

Aquí pudieran traerse a colación las experiencias de China y Viet Nam: dos dictaduras de izquierda regidas únicamente por el Partido Comunista, pero con altos índices de desarrollo económico precisamente porque, en el poder central del Estado, el Partido Comunista hace mucho ha llegado al convencimiento de los beneficios del auge de la iniciativa privada en el desarrollo económico. Más allá de eso no resulta sensato -al menos para mí- proyectar mayores defensas de los modelos sociopolíticos de China y Viet Nam, porque cada vez son más cerrados y en cada año hay, por ejemplo, más represión en ambos países, así como más emigración china que se establece en Occidente. (España y Venezuela son dos plazas que conozco, en las cuales surgen cada vez más las pequeñas y medianas empresas privadas fundadas y lideradas por ciudadanos chinos que no consiguen posicionamiento en el complejo mercado laboral de China.)

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La segunda diferencia entre las dictaduras de izquierda y las de derecha es una derivación de la explicada en párrafos anteriores. Si la economía de mercado no constituye un peligro para el poder dentro de las dictaduras de derecha, entonces es porque la propiedad privada tampoco lo es. En ese sentido, no sólo es respetada la propiedad privada sobre medios de producción, o sobre el resultado del trabajo, cuyo saldo es el capital. Hay también una forma de propiedad que se hace tangible en el ámbito de la decisión individual: el arbitrio del individuo sobre la mismidad, es decir, sobre su propia individualidad y sobre figuras sociales que dependen del individuo en cuestión, a saber: los hijos menores de edad. En las dictaduras de derecha se reconoce el arbitrio inexpugnable de los padres sobre los hijos menores de edad, los cuales han de permanecer en la casa paterna todos los días de la semana sin el más mínimo de los condicionamientos sociales; en primer lugar, porque son menores de edad y se hallan bajo la custodia indiscutible de los padres.

Durante el primer quinquenio del siglo XXI, en la Cuba revolucionaria y socialista, cuyo poder central llevaba ya décadas pautado por el arbitrio ineludible del Partido Comunista de Cuba (PCC), los obispos católicos mostraron un interés muy marcado en conversar con el presidente Fidel Castro en relación con la naturaleza y el fundamento social del programa educativo conocido como la Escuela en el Campo, el cual el Ministerio de Educación de la República de Cuba dio en llamar “la beca”, desnaturalizando así el significado real del término beca a escala mundial. Para los prelados cubanos la beca, las escuelas en el campo, o la escuela al campo, resultaban improcedentes en la educación de los estudiantes ubicados en la segunda enseñanza, pues se trata de adolescentes requeridos de permanecer durante toda la semana en la casa familiar únicamente bajo la mirada y el amparo del padre y la madre, o de la madre, o del padre, o de un tutor legal si se tratara de casos de familias monoparentales. Los obispos vertieron ese criterio directamente en una reunión con el entonces Presidente del Consejo de Estado y de Ministros. La respuesta daba cuenta del desmontaje del programa en cuestión, pero únicamente hasta ahí porque, al decir del Presidente, las circunstancias que habían originado la aparición de ese programa educativo ya habían dejado de existir.

Aquí radica acaso otro de los contrastes más notables entre las dictaduras de izquierda y las de derecha. La educación escolar en las dictaduras de derecha no tiene mediaciones más allá de las emanadas de la institución a través de la cual se activa el centro escolar dedicado a ejercer magisterio en cualquiera de los tres niveles educativos a escala social. La relación es directa entre el maestro, el alumno y la familia. Si el centro educativo es privado, pues se podrá apreciar un acento en las mediaciones más o menos particulares -seguramente religiosas- llegadas desde la institución a la cual pertenece el plantel escolar en cuestión. Ahora bien, mediaciones religiosas aparte, en las sociedades signadas temporalmente por las dictaduras de derecha, la educación privada jamás se desentiende de la tradición nacional y mucho menos de una ética nacionalista.

En las dictaduras de izquierda -todavía muchísimo más las de orientación marxista-leninista- se procura que la educación escolar sea el resultado de la creación de un sistema en el cual, para el ejercicio del magisterio se favorezcan las mediaciones ideológicas del partido único (a la sazón gobernante), o partido gobernante (a la sazón único) con el cual se hallarán en correspondencia la familia más los medios de comunicación masiva. En 1933, cuando el Tercer Reich se instaló en el gobierno de Alemania, surgió el debate de cómo concebir la educación escolar. Los metodólogos alemanes, ya imbuidos del espíritu perverso del Partido Nazi, revisaron detenidamente primero el modelo educativo de Estados Unidos de América, el cual les pareció demasiado liberal para los intereses de coartación social que ya venían amañando. Inmediatamente después analizaron el modelo soviético, el cual encontraron formidable para instrumentalizarlo precisamente sobre la base de concebir la educación de primera enseñanza con los condicionamientos del Partido y de los medios de comunicación ya en la condición de oficialistas. El resultado no se hizo esperar: la formación de las Juventudes Hitlerianas, las cuales no recibían jóvenes sino niños deformados incluso para desafiar a sus propios padres si en el centro de la familia se producían manifestaciones contrarias a la ideología nazi. La acotación que acabo de realizar aparece muy bien fundamentada en el ensayo Historia y comunicación social, del escritor y periodista español Manuel Vázquez Montalbán. Para mayor exactitud de localización, este resultado de investigación de Vázquez Montalbán se halla explícito en el capítulo dedicado a analizar la comunicación social en el período entreguerras (1918-1945).

En los países en los cuales se instauró el socialismo real la experiencia fue más o menos parecida, pues uno de los saldos del manejo de la educación en todos los niveles de enseñanza y a la par de la cultura artística y literaria fue la reclusión de “ elementos desafectos” en campos de trabajo. Así fue en la URSS -mucho más en la larga época del estalinismo. La otra perversión, al igual que en la Alemania Nazi, tuvo lugar en la República Democrática Alemana (RDA) y consistió en deslegitimar padres y madres desvinculados de la ideología comunista, o aquellos empeñados en pasar ilegalmente a la República Federal Alemana (RFA), cuyos hijos menores de edad, ya separados de sus padres, eran enviados a orfanatos y en muchos casos después entregados a familias leales al Partido Socialista Unificado de Alemania.

En Cuba fueron -y todavía son- muy numerosas las familias marcadas por la dolorosa experiencia de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) y al mismo tiempo por la separación y el exilio. Durante la voraginosa década de los años sesenta del siglo XX, el proceso de emigrar se hallaba indisolublemente signado por la condición de apátrida sobre la base del término “irse del país”: los emigrados no decidían radicarse en uno u otro lugar sino que “abandonaban el país”. Este giro semántico originaba y cristalizaba en un sentimiento de pérdida de identidad para el migrante, quien se veía presa de la demonización salida de la ideología oficialista. El sistema socialista suele tener mala memoria, pero se recuerda con nitidez durante las décadas de los sesenta y los setenta -sobre todo-  las familias que fueron separadas por las leyes de inmigración porque el hijo varón, llegado el momento de la partida hacia tierras del exilio, había arribado a los 15 años de edad, ya entonces considerada edad militar.

En este punto sí se advierte una paridad con otra variante de las dictaduras de derecha: las establecidas por medio de golpes de Estado llevados a cabo por juntas militares de gobernación. Así sucedió en la Argentina desde 1976 hasta 1983, por ejemplo. El terror de los desaparecidos sacudió entonces, y para siempre, a la familia como institución: centenares de niños cambiados de identidad, con paraderos desconocidos, así como padres y madres asesinados, más los cadáveres sepultados en sitios insospechados.

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El apego absoluto a los giros semánticos constituye una adecuación intencionada en las dictaduras de izquierda. Se trata de todo un proceso de construcción simbólica mediante el cual se desmontan los emblemas del ancien regime para dar paso a un proceso de rebautismo de lo que ya existía, pero que ha mutado debido a las nuevas lógicas establecidas por medio de un particular y arbitrario descentramiento del Estado. Durante el socialismo real, todos los países pertenecientes al campo socialista fundado por la URSS le endosaron a sus respectivos nombres el término “República”, sin embargo todo el tiempo violentaron la razón de ser de una república, o del republicanismo que no es tal si no es constituyentista, con separación de poderes y libertad de expresión. En la educación superior cubana, por ejemplo, las Facultades de Derecho en el Plan de Estudio de la Licenciatura en Derecho (un solo Plan para todas las Universidades) no se reconoce la separación de poderes y mucho menos al Poder Judicial como tal. En todo caso, al Poder Judicial le atribuyen “funciones”. Pero la república es necesaria también para los regímenes cerrados de izquierda, aunque no la naturaleza republicana. Son igualmente necesarios la constitución, los tres poderes y el pacto social, pero no como elementos inmanentes al interior de la teleología de la república.

General Wojciek Jaruselsky, fue Secretario General del Partido Comunista de Polonia. Resultó un hombre clave en el salvamento de la patria polaca y en la transición del país a la democracia.

Otro tanto sucede con la historia oficial. El caso de Cuba probablemente se halle entre los más llamativos, porque Fidel Castro se afanó en procurar una integración entre la tradición nacionalista cubana en el arco que se inicia en Félix Varela y concluye en Martí con el empeño socialista. La metodología fue tratar de erradicar el sustrato cristiano de la generación que pensó y fundó la nación para, finalmente, intentar la argumentación del socialismo como un sistema de ideas fundacional en el espectro identitario de la nación cubana. Esto es, la Revolución Socialista como empeño cristalizador de la patria que pensaron y fundaron Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y José Martí, por citar algunos próceres. De ese modo, no se es un buen cubano si no se es revolucionario. El proceso de sistematización termina en la concepción del buen revolucionario únicamente cuando se ha llegado a ser comunista. Ello relega a un plano inferior a todo el arco de la tradición nacionalista y revolucionaria de la primera mitad de siglo XX cubano, entre otras consideraciones porque fue conformada sobre la base de una pluralidad en la cual estaban presentes las tres corrientes políticas que conformaron el tejido ideológico de la república burguesa cubana: el liberalismo, el socialismo y la social democracia cristiana.

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El último y más áspero de los contrastes entre ambos totalitarismos radica en la capacidad que han manifestado los dictadores de derecha para reconocer sus respectivos finales. Se sabe, por ejemplo, de la conversación entre el general Franco y el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón acerca del futuro de España. Para el Caudillo no había dudas del advenimiento de una transición a la democracia por medio de la cual España se convertiría en una sociedad plural. Para Franco aquello finalmente no constituía un problema, siempre y cuando el futuro Jefe del Estado fuese capaz de preservar la unidad del país. Otro tanto ocurrió con el general Augusto Pinochet en el Chile de fines de la década de los ochenta: el General del golpismo sangriento y represor durante la década del setenta, accedió a la realización de un referéndum nacional en el cual sometió al arbitrio del electorado su permanencia en el poder. Curiosamente, el dictador chileno perdió ese plebiscito por poco margen enfrentando una coalición abultada. Occidente se sorprendió cuando constató que el General Pinochet había obtenido el 43% de los votos. Aún cuando la puerta de la transición a la democracia se abría con poco más del 54% de los votos, llamaba la atención que el general del golpismo sangriento y el terror de los desaparecidos anduviera acercándose al 50%. La respuesta había que buscarla en el alza de la economía: el crecimiento sostenido del PIB en un 2,9% anual con picos de hasta el 10% en el período 1983-1989, precisamente cuando la represión había bajado al mínimo sus niveles. O sea, el comportamiento similar a lo ocurrido en la España franquista a partir de 1960. Es imposible conseguir cotas elevadas de desarrollo económico y social sobre la base del crimen de lesa humanidad.

General Augusto Pinochet. Gobernó en Chile desde 1973 hasta 1990.

Enfrente están las experiencias del fin de las dictaduras de izquierda que conformaron el socialismo real en Europa del Este: el presidente de Rumania fusilado. La sociedad polaca colapsada políticamente debido al empuje de la oposición encabezada por el Sindicato Solidaridad. Aquí es preciso acotar que el Pacto de Varsovia ya estaba listo para avanzar hacia la intervención en Polonia. Si esta acción militar no se concretó fue porque el papa Juan Pablo II (polaco) ya había anunciado su salida inmediata para la frontera polaca. Sabiamente, el general Jaruselsky, jefe del Estado polaco, impidió desde el inicio el avance de las tropas del Pacto de Varsovia. Ello recaló en el más absoluto desentendimiento con el Kremlin bajo la égida de Leonid Breshniev. El general Jaruselsky no podía darse el lujo de que el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica estuviese a merced del fuego de los tanques soviéticos que ya estaban en camino. Este pasaje histórico está muy bien reseñado en la biografía His Holliness, del periodista y escritor estadounidense Carl Berstein, escrita con la colaboración del periodista italiano Marco Politi. En Bulgaria, el mandatario interino, Petar Mladenov, designado para conducir al país hacia la democracia, a los pocos meses de haber comenzado el intento de conducir a Bulgaria por el sendero del entendimiento de toda la nación, se vio en la necesidad de encarar la primera manifestación democrática y no supo resolverla con el requerido talante democrático. Todo lo contrario, dejó escapar una exclamación de represión social. Y aún cuando lo hizo en un ámbito privado, se vio forzado a dimitir. En la Alemania Oriental Erich Honecker fue forzado a dejar el poder en un momento de absoluta inutilidad de su mandato, sobre todo por la presencia del pueblo alemán en las calles.

Petar Mladenov: último Secretario General del Partido Comunista de Bulgaria.
Tenía la misión de conducir el país hacia la democracia.
Se vio en la obligación moral de renunciar a su cargo.

Las dictaduras de derecha, en su mayoría, suelen preparar sus finales, bien porque los dictadores se reconocen como extemporáneos en una época nueva, en la cual no encajan, bien porque ya no cuentan con el reloj biológico a su favor, bien porque son capaces de darse cuenta de la presencia de un pueblo que no los quiere; o bien por la sumatoria de todo lo anterior. Pero a los dictadores de izquierda ha sido preciso separarlos abruptamente, pues no se conciben fuera del poder. O peor aún: reconocen el poder como una consustancialidad de sus propias existencias.


Valencia, España, mayo de 2026.

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