El ciudadano, la clase directora y los tres poderes
Por Emilio Barreto Ramírez
Una relectura de “Separatismo y república”: artículo de factura exquisita del periodista y político Manuel Márquez Sterling, publicado inicialmente en La Nación (Año III. Núm. 504) el martes 26 de febrero de 1918, estimula una comparación entre el contexto de fundación de la república burguesa cubana y las circunstancias político-sociales en la Cuba actual. Esta pieza ensayística Manuel Márquez Sterling la incluyó en su compilación de artículos en forma de libro intitulada Doctrina de la República.
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| Manuel Márquez Sterling |
En 1918 Márquez Sterling ya vertía claridades en torno al empeño responsable no solo de fundar una república, sino de desarrollarla. A manera de metodología, Márquez Sterling sublima en su texto el establecimiento de un correlato entre el favor y las simpatías salidos del electorado hacia quienes gobiernan y, lógicamente, la acción de reciprocidad de los líderes en cuestión, a quienes el analista llama “la clase directora”. El contraste entre ambas zonas (la sociedad política y la sociedad civil) arroja un resultado la mayoría de las veces pobre, al tiempo que entristecedor.
Precisando el contexto analizado por Márquez Sterling, nos tropezamos con el caudillismo originado durante las dos guerras de independencia en el último tercio del siglo XIX: un mal que subsiste en cualquier región del planeta Tierra, pero reconocido hoy por medio de los términos régimen autoritario, autoritarismo, autocracia, totalitarismo; la clase directora de entonces fue la consecuencia de la malicia del caudillismo sordo y ensordecedor durante las gestas independentistas, aún cuando del interior de esa práctica lanzada a la gestión de la cosa pública también se hicieran visibles indudables hombres de virtud y de mérito.
En esta pieza del periodismo de ensayo distinguido por el refinamiento y la exhibición de una cultura admirable, Márquez Sterling quizás también esté mostrando la cortedad de miras en la historia dentro del espacio geográfico cubano. Hoy, por ejemplo, a escala nacional vivimos un período que se constituye en la repetición del ciclo de vulgaridad política de aquel momento. Hágase una exploración del discurso y la gestión de la cosa pública de la década actual y se obtendrá como resultado la misma constante palpada en la segunda década de la República burguesa cubana: nuestros ideales como cubanos continúan estando muy próximos, pero siempre terminan por escurrirse. Ello, de manera indubitable, puede conducir a una lucha absolutamente justa, en la cual, sin embargo, habremos de encontrarnos, una y otra vez, con el retroceso: consecuencia directa del litigio entre el bien y el mal, es decir, entre el humanismo y la malicia.
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| Portada del libro Doctrina de la República |
Para el periodista y político, el pueblo de Cuba ha esperado de manera recurrente acciones, las cuales ha considerado ilustres, pero que al final han resultado vulgares debido a propagandas preliminares absolutamente nefastas. Hay en nuestro pueblo una tendencia insoslayable al seguimiento de una “clase directora” dedicada a moldear “ídolos de barro”, mediante los cuales se ha dedicado a flechar el corazón de la multitud. Esa clase directora, con artificios políticos, ha sabido estimular el entusiasmo del pueblo requerido de mejoras. Para Márquez Sterling la cuestión crea un estado de alarma porque el pueblo entusiasmado de entonces estaba formado por los patriotas del último tercio del XIX. Entonces la clase directora -vulgar- no fue creada por una generación anterior, sino por ella misma: se fue haciendo acaso empíricamente a su propia imagen y semejanza. Dentro de esa clase maliciosa, lo peor es que había hombres no precisamente virtuosos, pero sí de mérito, aunque en algún punto del camino hemos tenido patriotas virtuosos, tales como José Martí e Ignacio Agramonte, por citar nada más dos ejemplos. Eso es algo bueno y al mismo tiempo preocupante, pues la balanza tiende invariablemente a inclinarse a la gestión de los maliciosos y vulgares. Ante ellos, el pueblo obnubilado y de vista encandilada, de buen grado hace una reverencia y acaba por entregarse en cuerpo y alma. De todo ello, el pueblo consigue entender muy poco: acaso únicamente la verdad cuando ya tiene ante sí los escombros de las instituciones, o de un país luego de toda una gestión política nefasta.
Esta lección aflora a partir del propio padecimiento social. Y lo peor, afirma el constituyentista de 1901, es que el pueblo puede ser engatusado una y otra vez. Así las cosas, la clave de la clase directora radica en saber tomarle el pulso a “la sensibilidad popular”. En ese empeño está contenido -y emancipado- el éxito de tal clase directora. Por eso, la política nacional no es tal si no reivindica, a modo de exigencia, el sacrificio desde las voluntades patrióticas. La política no sólo ha de ser meritoria, sino en cierto modo un arte, o sea, un arte con recursos para el éxito. Esto es algo que jamás suelen tener en cuenta las clases directoras vulgares porque subordinan la política a la ideología, o a intereses lejanos a las necesidades de la mayoría de los colectivos sociales, o del pueblo.
Desde 1902 la gestión republicana en Cuba ha transitado por senderos de contradicción: todos construidos sobre bases utópicas en las cuales los cubanos les hemos pedido peras al olmo. Para ello no hemos vacilado en confiar intereses nacionales a la promesa de hombres egoístas, a los cuales ha sido confiado el presente y el futuro en cualquiera de sus plazos. En política, los hombres egoístas que integran una clase directora tienden a ser, además, ignorantes. Por eso, desde 1902 nuestras aventuras se han transmutado en desventuras originadas no por cosas del azar, sino en cualquier caso por cuestiones absolutamente -cuando no deliberadamente- provocadas. Si en algún momento tales cuestiones no se revelan como lógicas, es porque la clase directora está integrada por vulgares e ignorantes y el pueblo por engatusados para nada exentos de responsabilidad. La ignorancia pudiera no ser un pecado, pero sí una irresponsabilidad. Luego, desde 1902 nuestras desventuras poseen toda la lógica del mundo, porque se asientan en la irresponsabilidad de cada individuo en su condición de sujeto social en una república sea cual sea su signo político. El espíritu de las sociedades modernas indica la obligación de formar individuos elevados a la condición de sujetos sociales capaces de aportar cualitativamente al orden democrático. Y cuando no, de subvertir ese orden al cual nada sustancial o provechosamente enaltecedor es posible le pueda ser aportado.
Históricamente hemos querido, como ciudadanos, un país prodigioso, pero la realidad nos ha lanzado una y otra vez a la queja y la decepción. La República de la primera mitad del siglo XX fue próspera económicamente, pero burguesa, pues resultó una sociedad organizada a partir de las urgencias de generales y doctores. La República de la segunda mitad del XX y el primer cuarto del XXI ha sido un desastre económico, por constituirse en un Estado obrero, pues resultó organizada a partir de los designios de militares y tecnócratas. En ambas hemos creído necesario un gobierno liderado por “un hombre superior” -tal y como apostilló Márquez Sterling a inicios del siglo XX- capaz de gestar la república y consolidarla. De ese modo, el gobierno ha salido una y otra vez de hombres bien plantados en la historia patria con la misión de que sus notables hojas de servicio exaltaran a los partidos que conformaron la sociedad política de todas nuestras décadas republicanas otra vez de uno y otro signo político. Pero en política nada ocurre por generación espontánea y la realidad es mucho más rica que cualquier plan. En la República burguesa la inexperiencia no tomó en cuenta la posibilidad real de que las aguas turbias del pasado colonial subieran a la superficie y terminaran regulando (¿acaso reglando?) el curso de la democracia. En la segunda mitad del siglo XX y hasta hoy, en la República Socialista organizada sobre la base del Estado obrero, no podemos dejar de lado que el país ha sido confiado a patriotas y luchadores abnegados que no vacilaron en configurar de manera amorfa los tres poderes: no integrándolos sino imbricándolos a la fuerza y sin la menor de las vacilaciones en uno solo en función del Partido único que se volcó en la acción de eslabonar lo que como instancia ut supra decidió habrían de constituir los principales intereses de la Nación.
Por eso, en esta hora crucial de Cuba, es preciso vigilar toda clase de engatusamiento conducido a la búsqueda de hombres -también mujeres- que conformen la clase directora egoísta, para que el ciudadano cubano ejerza, tal y como debe ser, su condición de sujeto social con la responsabilidad que le atañe en una república constitucional instituida sobre la base de la separación de los tres poderes y por ende con una esfera pública sólida por estar bien estructurada desde la pluralidad.
Valencia, España, abril de 2026.


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