Cuba en épocas de cambio
Por Emilio Barreto Ramírez
En dos ocasiones -y en plataformas similares-, me he referido a Juan M. Chaiyoux: un joven intelectual cubano, cuya obra resultó emergente en la década de 1940 con la publicación del libro en forma de compendio de artículos periodísticos titulado ¡Cuba para los cubanos! Entonces la Isla había transitado por seis lustros de vida republicana y existía terreno político sobre el cual desplegar juicios de valoración en torno al desempeño en el afán de ser moderno. En este libro, Chaiyoux revela cada una de sus molestias ante la crisis sociopolítica de la Cuba que recién inauguraba el quinto decenio del siglo XX. Los artículos de Chaiyoux vieron la luz antes, pieza por pieza, en el periódico 10 de septiembre.
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| Portadilla del libro de Juan M. Chaiyoux: una edición con prólogo de Herminio Portell Vilá. Este ejemplar perteneció a Don Fernando Ortiz. |
1940 fue una década controversial: a un mismo tiempo, la Patria hacía transparentes por un lado los serios problemas de la decencia pública que padecía; por el otro, un grupo de los buenos y preclaros hijos de ella se esmeraban en la conformación de una nueva Carta Magna, digna de la tradición iniciada en Guáimaro, en 1869, pero adelantada a tenor de los rumbos constitucionales en América Latina. El interés de Chaiyoux ha transitado triunfante ante el paso del tiempo, porque muestra grandeza cuando esboza la aspiración de una vida pública nacional signada por la honradez y la responsabilidad, la cual encuentra hermanamiento en el ejemplo de los patriotas y en la sanción para los irresponsables. Juan M. Chaiyoux fustiga la ley inservible, así como la impunidad acompañante del delito.
Acaso de los más descollantes en el libro es el artículo “Etapas revolucionarias”: un texto que se aproxima a las expectativas de un pueblo y por consiguiente al método para llevarlas a efecto cuando éstas se revelan como cambiantes y se muestran, según los propósitos institucionalizados, a partir del criterio de la mayoría del pueblo. Por ello, cuando se aprecia un desbalance entre el ideal de la mayoría de los colectivos sociales y las circunstancias que condicionan ese ideal, lo único correcto es propiciar un desplazamiento hacia la consecución de, al menos, las condiciones mínimas para concretar la nueva etapa revolucionaria requerida por los colectivos sociales que integran el pueblo. Esas condiciones Chaiyoux -dada la época en la cual vivió- las visualizaba en dos métodos: el de la evolución contemplada por el modelo de organización democrática de la sociedad y el de la revolución cuando las exigencias del pueblo no encuentran espacio en el método de la evolución. Para Chaiyoux, el método revolucionario es recomendable cuando los autoridades institucionales o gubernamentales propugnan un status quo, del cual son lógicamente beneficiarios. A partir de ahí es que se fuerza la utilización de la violencia legal, esto es, estrictamente dentro de los marcos de la constitucionalidad.
En Cuba, el inicio de la historia de las etapas revolucionarias Chaiyoux lo ubica en tiempos del Imperio de España: matizado por el despotismo y la intolerancia en el ámbito de lo político. Dos guerras de independencia han marcado para siempre el discernimiento político para Cuba en cualquier tiempo. Es decir, los cubanos, cada vez que nos encontremos en la circunstancia de juzgar nuestro presente político en función de nuestro futuro, es absolutamente preciso y ético volvamos la vista a nuestras gestas independentistas de la segunda mitad del XIX. Aquellas fueron contiendas políticas surcadas -lógicamente- por la sangre. No quedó otra opción: la guerra fue con el objetivo de abrazar el republicanismo constitucionalista resultante de la Revolución Francesa: con sus ideales marcados por el liberalismo avanzado. Nada más por eso -y es muchísimo- en el último tercio de la centuria decimonona los patricios cubanos lucharon sin descanso y sin lamentar más de lo requerido la sangre derramada en la aspiración de alcanzar la independencia nacional. La nación ya estaba pensada. La lucha armada tenía la misión de fraguarla, originarla y fundarla.
Chaiyoux segmenta este proceso en dos etapas. La primera exhibe su acabado en el Grito de Yara, sobre la base del documento que la pondera: la Constitución de Guáimaro. Que los patriotas del 68 hayan conseguido esta Carta Magna es el testimonio palmario de que en el discernimiento político se hallaba emancipado todo el gran propósito de aquel estruendo bélico: una guerra cavilada desde el rigor del pensamiento humanista más preclaro dentro de los cánones de la civilización occidental. El denuedo militar expuesto a partir del alzamiento en La Demajagua es muestra fehaciente de cómo llegó a la isla de Cuba toda la enjundia del pensamiento ilustrado propuesto por el iluminismo francés y de inmediato fundamentado por el racionalismo alemán. Hombres inmensamente cultos y refinados los que lideraron el Grito de Yara expandido por Carlos Manuel de Céspedes. No hay otro modo justo, atinado y ético de interpretar la tradición nacionalista cubana si no es ubicándola en el republicanismo constitucionalista que en Francia habían trazado Rousseau, Voltaire, Diderot y Montesquieu: una república laica, democrática y con la separación entre el poder ejecutivo y el poder judicial, así como entre el Estado y la Iglesia.
La primera demostración del resultado del esfuerzo supremo de los patricios cubanos fue la abolición de la esclavitud. Este paso de gigante, aún cuando para España se produjo a destiempo, o sea, mucho más tarde que temprano, también es cierto que, al menos formalmente, se tradujo en la extirpación del germen de un pecado social enraizado como elemento cardinal en el ámbito de la economía. Casi una década con anterioridad, en el documento de la Paz del Zanjón no se aprecia determinación alguna acerca de propiedades confiscadas y revertidas a criollos que habían sido dueños, pero se habían revelado contra el dominio español. De ese modo, quedó establecida la supremacía del argumento económico sobre el cual se volcarían los mambises a partir del 24 de febrero de 1895.
Fueron treinta y seis meses más de derramamiento de sangre en batallas lideradas por excelsos caudillos, varios de ellos también hombres de pensamiento. La aspiración mayor era conseguir la independencia de Cuba frente a España, para moldear una Cuba en la cual se pudiera ejercer la política plena con el objetivo de fundamentar la gestión de la independencia económica.
A punto de concluir la primera intervención estadounidense comenzó a perfilarse el esbozo de la independencia política con el encorsetamiento de la Enmienda Platt. Luego, en el ámbito de lo económico, la independencia se hallaba sujeta a la tela de araña que establecía, para el ciudadano cubano, el no acceso al arbitrio sobre las tierras, la regulación del comercio y la condición de propietario de la industria.
Chaiyoux deja claro que treinta años de vida republicana no fueron suficiente para que los cubanos de entonces se sintieran en pleno ascenso como nación -aún cuando el país sí había alcanzado buenas cotas de desarrollo económico. Pero la realidad del momento en cuestión testimoniaba que los cubanos todavía exhibían la “condición de parias”: sin más empuje industrial que el del servicio público y el mercadeo del voto electorero desde entonces enraizado en el pueblo. Semejante circunstancia degeneró en el disgusto popular que originó la segunda etapa revolucionaria en Cuba: la de septiembre de 1933.
El saldo de la Revolución del 33 se hizo tangible en el poder legislativo, el cual, de forma efectiva, formuló el propósito de concederle de buen grado al ciudadano cubano las fuentes del desarrollo económico de la Nación. Esa nobleza de espíritu nacional no fructificó porque, a pesar de la eclosión de un periodismo diverso, abultado, de notable alcance y excelente factura, en aquel momento todavía la opinión pública a escala nacional era amorfa y las clases más poderosas no mostraron un interés primario en liderar un proceso de independencia económica.
Estas dos etapas delimitadas por Juan M. Chaiyoux en la historia del proceso de vertebración del enaltecimiento nacional, dan cuenta de un pueblo cubano capaz de apoyar a los líderes que fueron capaces de levantar, como estandarte, la idea de la libertad tanto en lo político como en lo económico. Ese fue el único partido que siguieron los buenos cubanos: el que preconizaba una Cuba próspera liderada por los propios cubanos.
Hoy, en la encrucijada política, social y económica que encara Cuba, es preciso revisitar el pensamiento de una intelectualidad de cubanos cabales como Juan M. Chaiyoux.
Valencia, España, mayo de 2026.

Gracias por continuar mostrándonos piezas notables del pensamiento cubano.
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