Polo, el superhéroe
Por Emilio Barreto Ramírez
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| Orlando Polo González (La Habana, 1943-Miami, 2024.) |
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Hace poco he conocido acerca del fallecimiento en Miami de Orlando Polo González. Andaba yo rastreándolo por las redes sociales para saludarlo luego de varias décadas en las cuales le perdí la pista. Llegué bastante tarde, pues el deceso de Polo tuvo lugar en abril 2024, a pocos días de haber arribado Polo a la edad de 81 años. Me apena no haber podido saludarlo. Las líneas que siguen reseñan un trozo de la historia singular del Polo que conocí a inicios de los años ochenta: alguien que, sin quererlo, cimentó para sí mismo la condición de personaje controvertido al interior de las instituciones culturales habaneras desde la segunda mitad de los años setenta hasta la segunda de los ochenta del siglo XX. A Polo, lo consideré un buen amigo y sé que él me estimaba.
Conocí a Orlando Polo González en septiembre de 1981. Yo estaba recién salido de la adolescencia (19 años) y procuraba insertarme como realizador gráfico en el Departamento de Diseño de la Dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura. Me agradaba trabajar allí. De hecho, no sólo aprendí de oficios y profesiones, sino de muchísimo de la vida, de las personas y de las relaciones interpersonales. Aquel Departamento estaba formado por diseñadores gráficos de enorme prestigio: Rolando de Oráa, Rafael Zarza, Santos Toledo, Lázaro Hondares, Ramón Martínez Escanaverino, entre otros artistas visuales hasta llegar a Orlando Polo, quien nominalmente era el realizador gráfico de aquel equipo que producía maravillosos carteles, plegables, programas e invitaciones para toda la vida cultural de la Capital. El Departamento se hallaba en el piso intermedio del Palacio del Segundo Cabo. A Polo, si en cinco años lo vi sentado dos veces en la mesa de dibujo fueron demasiadas. Conocimientos, habilidades, destreza y buen gusto sí tenía, pero a todas luces no lo animaba el contenido laboral de aquel espacio de creación. Lo curioso era que en su casa se planteaba otros diseños incluso hasta para ilustrar poemas de su autoría. Respecto a su pertenencia a aquel Departamento de Diseño, u otro, es tema que siempre ha constituido un misterio. Lo llamativo del asunto era que disponía de artimañas para escurrirse legalmente del trabajo y casi siempre salía triunfante. No era un embustero; poseía virtudes enormes, tales como la humanidad a toda prueba y la valentía sin límites. Lo único que lo hacía controversial entonces era su manera tan discutible de introducirse en sociedad: especie de estigma que lo acompañó mientras permaneció en el Ministerio de Cultura.
Polo había nacido en 1943. Al menos en la época en que lo conocí bastante y lo frecuenté en la casa de Betty, su esposa de entonces, era delgado, vigoroso, muy ágil, presumido en el vestir y a los 38 años de edad hacía incursiones en la moda que le favorecían notablemente hasta propiciarle la apariencia de alguien todavía algo distante de entrar en la madurez. Tenía un cabello abundante y las canas aún se resistían a aparecer. Practicaba ejercicios no menos de cinco días a la semana. Salía a correr muy temprano en la mañana y trotaba con mucha soltura durante kilómetros. Partía de su casa -en calle 11 entre G y H, El Vedado- buscaba rápidamente el Malecón bajando por Avenida de los Presidentes. Doblaba a la derecha y seguía recto por todo el litoral habanero hasta detenerse momentáneamente frente al Castillo del Morro. Allí cobraba resuello. Entonces, sin más descanso, iniciaba el regreso a su casa buscando la calle Línea. Después, por las tardes, hacía yoga; por supuesto, escondido en su casa, porque el patetismo visceral que entre otras cosas ha caracterizado al Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y al Ministerio del Interior insistía en que la práctica del yoga fuese vista como una herejía en relación con las doctrinas marxistas.
La historia de las relaciones de Polo con las instituciones y el mercado laboral comenzó a mediados de la década de 1970 y no fueron tan malas como sí insólitas. Entonces Polo, de 32 o 33 años, era estudiante del curso de trabajadores en la escuela de nivel medio de diseño industrial, perteneciente a la ONDI. Un instituto de técnico medio muy bien plantado por la tenencia de un claustro de alto nivel profesional, académico y artístico. De ello doy fe porque estudié y me gradué en esa escuela en 1985 y guardo muy buenos recuerdos de aquellos dos años de estudio tenaz para recibirme de realizador gráfico informacional. Por aquella época tuve de profesores al pintor recientemente fallecido, Ever Fonseca, a Sergio Benvenuto: un intelectual uruguayo erudito en apreciación de las artes plásticas, a Jorge Bermúdez, historiador del arte y poeta -poco después profesor e investigador de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana; así como a Francisco Carulla, notable fotógrafo publicista dedicado por entero a la docencia, entre otros artistas visuales formados en las agencias publicitarias durante la república burguesa cubana y en la Escuela Nacional de Arte (ENA). Ese fue el claustro que, de manera insólita, había llevado a Polo a dirigir la máxima instancia del Instituto.
A derechas, aún no se sabe cómo fue posible que Polo saltara de estudiante del técnico medio en realización gráfica informacional a Director del Instituto. Ciertamente, a Polo lo caracterizaba el verbo fluido y culto que lo hacía carismático y le facilitaba destilar mucha clase. Podía hablar de política, de sociedad, de bellas artes, de mujeres, de literatura y conseguía no sólo un público atento, sino capaz de llegar a acuerdos de intereses con él. Así que Polo fue alzado de su pupitre de estudiante y llevado en andas directamente a ocupar el buró de la Oficina del Director.
Al poco tiempo de su nombramiento, Polo comenzó a cambiar toda la comunicación interna del plantel. Su interés inicial, al parecer, no era violentar las estrategias curriculares, sino el organigrama para la ejecución del trabajo: probablemente se considerara a sí mismo un especialista en organización del trabajo. De modo que pasaba el tiempo diseñando unos organigramas enormes en torno a planes de trabajo grupal, los cuales plasmaba en unos gigantescos paños de papel. Con ellos se proponía fundamentar sus alocuciones frente a toda la plantilla de profesores -incluidos los adjuntos- en unos claustros delirantes por ser convocados a primera hora de la mañana. Frente a los docentes mostraba aquellos schedules -como invariablemente llamaba a los organigramas de cada uno de sus días- con una leyenda absolutamente inoperante y, sobre todo, ininteligible. Varios de los profesores se dieron cuenta de que aquello no resultaría viable y empezaron a llegar tarde a los claustros, o a no llegar, porque la extensión los hacía coincidir con sus respectivos turnos de clase, los cuales, para cualquier profesor se tornan inviolables. Ahí mismo Polo decidió convocar esas reuniones una hora más temprano: a las seis de la mañana nada más y nada menos que a mediados de los setenta: cuando ya el transporte público habanero estaba siendo sacudido por una ineficacia frustrante.
En la Dirección del Instituto de Diseño Polo no duró mucho. De allí fue a dar al Departamento de Diseño de la Dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura. En 1984, cuando yo era estudiante de ese plantel, le pregunté por Polo a uno de mis profesores y me habló maravillas muy a pesar de los infortunios mencionados. Me dijo que Polo era un gran iniciador de proyectos, el gran problema era que no contaba detrás con alguien capaz de avanzar y concretar lo que a él se le podía ocurrir.
A la Dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura llegó en 1976. Una vez resultó empleado, el primer error que cometieron con él fue intentar someterlo a una burocracia brutal: demoraron en ubicarlo oficialmente en el Departamento de Diseño durante todo un quinquenio. Polo, quien llevaba tiempo reclamando ante semejante demora, había dedicado horas al estudio de la reglamentación existente en el Departamento de Recursos Humanos sobre los deberes y derechos del trabajador. De manera que rápidamente interpuso una queja formal de la cual salió victorioso; se había presentado a su institución empleadora y los burócratas le dieron por la vena del gusto. En el litigio dirimido probablemente en Consejo de Trabajo, el Ministerio de Cultura reconoció se le debían cinco meses y medio de vacaciones más el monto absoluto de todos y cada uno de los salarios mensuales contemplados en ese puesto laboral.
Transcurrido todo ese tiempo sabático, se incorporó físicamente al Departamento de Diseño de la Dirección de Divulgación. Yo lo veía hacer visitas furtivas al Departamento, por medio de estancias absolutamente sociales, es decir, de saludos, relaciones muy cordiales favorecidas por una sonrisa de buen augurio que siempre solía extender a todos sus colegas. El día en que lo conocí la única frase directa que me destinó fue un “independízate” que entonces no entendí, pero al cabo del tiempo sí. El jefe del Departamento le dejaba solicitudes de trabajos encima de su mesa de dibujo. Al final era otro, u otros, quienes terminaban acometiendo esos pendientes. Sin embargo, no estallaban ni con el jefe del Departamento y mucho menos con Polo. Salvo algún comentario rezongón, las medidas con Polo no aparecían y mucho menos trascendían. La razón la fui entendiendo con el tiempo.
Polo, además de cordial y de muy fácil acceso, era un excelente organizador de eventos, así como un eficaz preparador de condiciones para hacer más amenas las jornadas de trabajo largas. Por aquella época hacíamos el tabloide cultural Cartelera, cuyos Viernes de cierre eran maratónicos, pues trabajábamos desde las 8:30 am hasta casi las 9:00 p.m. Esos días, lógicamente, Polo ni se sentaba frente a su mesa de dibujo. A la Directora de Cartelera incluso le convenía, porque terminaba encargándole la búsqueda de la merienda para todo aquel enorme grupo de trabajo que reunía a periodistas, diseñadores, fotógrafos, tipógrafos y un chofer. Con diligencia manifiesta se disponía Polo, quien contaba con la ayuda de Betty, para la búsqueda de bocaditos de jamón y queso, pastelería francesa y bolsas de té inglés con limón. Polo no conseguía todo eso en cualquier lugar, sino en las cafeterías y restaurantes del Hotel Nacional de Cuba. Yo, en especial, sentía beneplácito con todo aquello, porque me correspondía llamarlo por teléfono para hacerle el encargo y él lo asumía con pasión resolutiva.
2
En todo el Palacio del Segundo Cabo, con oficinas y grupos de trabajos absolutamente disímiles, cada trabajador tenía la deferencia de saludar afectuosamente a Polo aún cuando no lo conociera, nada más de oídas, o porque alguien más comentara acerca de ese hombre delgado, presumido y cordial. El cubano es alguien capacitado para admirar de por vida el arrojo, la valentía, la decisión de sacrificar hasta la propia vida en circunstancias absolutamente luciferinas.
En 1980 tuvieron lugar en La Habana los sucesos deplorables a tenor de los mítines de repudio a los emigrantes hacia los EE.UU. por el puente marítimo del Mariel, lo cual derivó en una crisis política que el gobierno cubano consiguió exportar hasta la Casa Blanca. Fueron muchas semanas intensas de manifestaciones infrahumanas manejadas tanto por el Partido Comunista como por la Seguridad del Estado, concretadas en movilizaciones oficialistas que eran auténticas palizas a los emigrantes, incluso con riesgo para la vida, así como de criminalizaciones morales de toda clase para quienes hicieran patente la decisión de emigrar. Una de las mañanas de ese tiempo, en el Palacio del Segundo Cabo se irradió una gritería que sacó a todos los empleados de sus respectivos puestos de trabajo. Rápidamente se supo que una trabajadora del Departamento de Economía había llegado no para cumplir con su jornada de trabajo, sino para presentar su renuncia porque había atracado en el puerto del Mariel un barco enviado por un familiar en los EE.UU. para recogerla a ella y a su esposo. Aquella mujer menuda, de poco más de 30 años, de muy buenos modales, se vio aterrorizada por la turba que se congregó en muy pocos minutos. La mujer optó por encerrarse con pestillo en un local y desde allí llamó por teléfono a su esposo, quien llegó muy rápido. Nunca se supo cómo el hombre logró llegar hasta ella sin que la emprendieran con él. Probablemente no lo conocieran, porque una vez se supo que el marido de la gusana y apátrida estaba dentro, pues igualmente le tenían reservada una ensoberbecida ración de golpes. Sin embargo, Polo, sin pronunciar palabra, salió del Departamento de Diseño, subió las escaleras, llegó hasta la puerta del local en el cual se hallaban escondidos la trabajadora y su esposo. Tocó la puerta para decirle al matrimonio que saliera, que él respondía por la integridad de ellos. De inmediato se viró y le dijo a la turba que no permitiría a alguien, o a todos, tocar a esas dos personas. Del otro lado de la puerta los cautivos escucharon las palabras claras y resueltas de Polo, pronunciadas alto, pero con un timbre sereno, vital y, sobre todo, viril. Mientras, la turba perpleja había dejado de vociferar. El matrimonio en cautiverio abrió la puerta. Rápidamente Polo se puso entre ellos, tomándolos a cada uno por un brazo. Dos de los cabecillas abusadores hicieron no sólo ademanes de ataque sino que cada uno lanzó un golpe para Polo, quien los evadió con una rapidez asombrosa. De inmediato se paró a una distancia prudencial y les dijo:
- ¡A mí me matan, pero antes me los llevo a ustedes dos! ¡¿Me oyeron bien?!
Los hombres se controlaron; también la turba. Jamás supimos la razón exacta de aquella paralización de las ansias infernales. Creo que la agilidad de Polo al evadir no uno, sino dos golpes endiablados, más la serenidad con la cual respondió de manera desafiante a aquel par de cobardes y miserables, terminó por enfriar todo el muestrario de personas de mala voluntad. Polo se reincorporó a la custodia del matrimonio, al cual condujo por las escaleras a la vista de todos los trabajadores. Sacó a la mujer y al hombre del Palacio del Segundo Cabo. Los llevó hasta la parada de ómnibus ubicada a pocos metros de la entrada del Castillo de la Fuerza y los montó en una guagua. En cuanto la guagua se alejó, regresó al Palacio del Segundo Cabo. Subió al Departamento de Diseño y nadie lo interpeló. Veinticuatro horas más tarde se expandió el rumor de que Polo era karateca. Por eso había logrado atemorizar a los dos hombres, a quienes les aseguró los llevaría con él al mundo de los muertos. No creo que Polo haya sido, ni de lejos, un conocedor y practicante de las artes marciales orientales. Sospecho que las habilidades ganadas en la práctica del yoga le favorecieron en el instante de esquivar sendos golpes. La práctica habitual de ejercicios físicos con cierto nivel de desafío para con uno mismo, terminan por conferirle al individuo un nivel de seguridad mayor ante cualquier estímulo adverso. Aquel gesto tan valiente y humano de Polo quedó registrado en el anecdotario del Palacio del Segundo Cabo como una hazaña.
Poco después empezó a recibir en su casa visitantes de la Seguridad del Estado, quienes ni tan siquiera tenían necesidad de tocar a la puerta, pues lo hallaban trabajando en el mantenimiento del jardín.
- ¡Buenos días, Polo! -le dijo una mañana un hombre sonriente, en edad madura, mientras recostaba sus dos brazos sobre el muro de la entrada de la casa de Betty y Polo.
- Buenos días -respondió Polo incorporándose-. ¿Nos conocemos? Porque no lo recuerdo y tengo buena memoria…
- ¿Y Betty, cómo está? -dijo el hombre sin presentarse ni abandonar la expresión sonriente.
De repente se puso serio. Metió dos dedos de su mano derecha en el bolsillo de la camisa. Sacó un carnet y se lo mostró a Polo, quien observó detenidamente sin perder ni en lo más mínimo la ecuanimidad. El hombre retiró el carnet de la vista de Polo y lo guardó en el bolsillo. Antes de concluir esa acción le dijo a Polo:
- Escúchame, vale más que te dediques a trabajar sin sobresalir tanto.
Después le dirigió un saludo de despedida y se marchó. A los pocos días la casa de Polo fue sometida a un registro por la Seguridad del Estado. Por supuesto, nada hallaron. Entre las pocas cosas que le ocuparon, se hallaba un schedule indescifrable de cómo era un día normal en su vida, pues Polo tenía cronometrada la organización de todas sus actividades diarias. No me extraña que todavía lo estén analizando.
3
Poco tiempo después llegó a su fin la permanencia de Polo en el Departamento de Diseño del Ministerio de Cultura. Betty le pidió el divorcio y por supuesto lo botó de la casa. Finalmente consiguió una nueva novia, con la cual inició un estilo de vida dentro del ecologismo. Por esa fecha, no sé por cuál razón, solía correr en Cojímar. Lo hacía acompañado de un perro. Continuaba disfrutando sus carreras y le dio por decir que le propondría al Estado la fundación de una Asociación de Corredores y Caminantes. Aquella idea jamás fructificó.
En Cojímar se tropezó con un grupo de personas también interesadas en el cuidado del medio ambiente. Entonces los convenció de hacer una Asociación Ecologista a la cual nombró Sendero Verde. Los ecologistas lo siguieron fervientemente en un instante pésimo, porque entonces comenzaban a reverberar en la sociedad habanera algunos grupos de disidencia política interna y el grupo Sendero Verde a todas luces fue apreciado por la prensa de Europa y los EE.UU., así como por la Seguridad del Estado, como una más de las expresiones opositoras en aquel contexto. Al poco tiempo, Radio Francia Internacional contactó con Polo, quien ya se hallaba instalado en Cojímar, viviendo en la sede de la agrupación ecologista, para preguntarle acerca de la filiación política y los objetivos de Sendero Verde. A la pregunta de si Sendero Verde era un grupo opositor, Polo respondió: “No somos una asociación disidente, sino independentista”. Según supe por él mismo, cuarenta y ocho horas después Sendero Verde abandonó el poblado de Cojímar bajo el ruido ensordecedor de las balas de la Seguridad del Estado.
A inicios de la década de los noventa decidió, sabiamente, radicarse en los EE.UU., donde al parecer le fue bien. ¡Que en paz descanse!
Valencia, España, abril de 2026.

Me encantó conocer a Polo a través de este escrito.
ResponderEliminarEl comentario anterior es mío
ResponderEliminarMuy buena crónica/semblanza sobre este valiente personaje. Qué viles han sido siempre nuestros mandantes de la dictadura. Hay que seguir rescatando la memoria. Un abrazo, querido profe y amigo.
ResponderEliminarGrande y valiente Polo (D.E.P.). La exquisita narración de Emilio hace de este desconocido una persona que ya admiro y siento cercana.
ResponderEliminarComo es tu riguroso estilo defines muy bien con anécdotas el tránsito de Polo en nuestro agitado ambiente cultural, fue mi gran amigo en Cuba y aquí en Estados Unidos.
ResponderEliminarExcelente Emilio!
L Hondares