Micrófonos en el reloj de pared

Por Emilio Barreto Ramírez

En el lapso 1994-1996 trabajé como jefe de redacción en el tabloide Cartelera. Me había iniciado en esa publicación a inicios de 1982, en calidad de uno de los fundadores del tabloide. Así que Cartelera y yo nacimos juntos. Entonces era realizador gráfico, incluso titulado en la escuela de nivel medio de Diseño Industrial, con el diploma de Realizador Gráfico Informacional. Aquella era una profesión que me gustaba. Incluso atesoro buenos trabajos como dibujante. Pero el periodismo me apasionaba y una vez graduado de la Escuela de Diseño, me presenté a exámenes de oposición en la Universidad de La Habana para cursar la Licenciatura en Periodismo. Obtuve un buen resultado en esas pruebas y a fines de agosto de 1985 felizmente matriculé la Licenciatura en Periodismo, entonces perteneciente a la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Varios meses después quedó oficialmente creada la Facultad de Periodismo, hoy Facultad de Comunicación. Me gradué en 1990 y en 1991 fui promovido al Departamento de Redacción de Cartelera.

A fines de 1990, como resultado de la todavía recordada Crisis del Papel, Cartelera, que hasta ese momento se editaba en forma de suplemento de la revista Revolución y Cultura, dejó de salir, al igual que centenares de revistas provinciales de frecuencia semanal, mensual, trimestral y cuatrimestral. A tres meses de haberme recibido como profesional, literalmente resulté empujado a la cesantía: estatus laboral que la producción simbólica del socialismo real dio en llamar "interrupto". La circunstancia degeneró en un caos editorial. El limbo de cesantía duró poco más de un trimestre. Todo aquel equipo editorial, de gran valía profesional, en el cual se hallaban Lázaro Hondares, Escanaverino, Rafael Zarza, Rolando de Oraá y Santos Toledo se fracturó. Rolando de Oraá aceptó el encargo de ser el director artístico de Revolución y Cultura. Zarza se profesionalizó como artista visual. Y Santos Toledo hizo algo parecido, pero en su condición de diseñador especializado en carátulas de discos y en el diseño de interiores. El resto del primer equipo de Cartelera fue nuevamente convocado para trabajar en la concepción de un boletín de programación cultural de la ciudad de La Habana con el nombre de Urbe: publicación editada desde 1991 hasta mediados de 1994. Entonces renació la posibilidad de volver a editar Cartelera, pero con una frecuencia quincenal, sería bilingüe y estaría condicionada por la centralidad del mercado, o sea, era ineludible vendiera una parte apreciable de sus espacios para anuncios publicitarios. Si esos anuncios pertenecían al ámbito de la cultura y el arte, pues mejor. Primero era preciso procurar alianza con algún empresario extranjero interesado en invertir en la publicación y con ello facilitar la apertura de un nuevo mercado al cual, a modo de aprendizaje y de práctica profesional, era fundamental accediera el equipo editorial: a saber, el universo del turismo, la hostelería, los espacios lúdicos frecuentados por los turistas más los residentes extranjeros. Cuba había empezado a cambiar -o al menos eso era lo que durante algunos instantes llegamos a sentir-: por un lado, se propició un viraje hacia el turismo; por el otro, se hablaba de autogestión y estaba marcado el fin de las empresas presupuestadas. El mecenazgo en la cultura parecía tener los días contados. Era impostergable conseguir financiamiento para mantener las publicaciones.

Una de las primeras portadas de Cartelera en su etapa vinculada al turismo.

El Consejo de Dirección de Cartelera se redujo a un director, un editor, un director de arte, un diseñador, un redactor, un informático y cerca de una decena de vendedores, esto es, comerciales que recorrían La Habana buscando mercado para los espacios de la publicación que constó primero de ocho páginas y poco después de doce. La gestión de los vendedores llegó a ser altamente eficaz, así como la del equipo de edición, quienes trabajábamos con dinámica de taller: entrábamos a las ocho horas y salíamos después de las diecisiete horas, incluso bastante más tarde. Todo el tiempo permanecíamos a puertas cerradas. Como resultado del trabajo se empezó a generar dinero, es decir, dólares en una cantidad tangible. Las autoridades de la Dirección de Divulgación del Ministerio de Cultura, entidad a la cual pertenecía Cartelera, finalmente firmaron un contrato de empresa mixta con Bambi Trading: un pequeño grupo italiano radicado en La Habana, cuyo empresario, Mauricio Mellano, tenía familia constituida en Cuba.

Aquella circunstancia se daba en un contexto de suma pobreza, porque Cuba todavía estaba inmersa en las secuelas de un momento que la política oficial del gobierno socialista dio en nombrar con el eufemismo Período Especial de Desarrollo en Tiempos de Paz y que el pueblo, con un ingenuo desdén, reconocía como Período Especial. Es cierto que en el segundo semestre de 1994 la economía cubana se enfiló hacia el turismo y la política financiera asumió la doble moneda, es decir, la circulación del dólar a la par del peso. Cualquier cubano podía atesorar dólares legalmente: algo que hasta ese momento fue considerado infracción de la ley con severas penas de cárcel, sobre la base del "delito": "tráfico ilegal de divisas". No fueron pocos los casos de sancionados a privación de libertad por la tenencia de divisas.

De manera que en la dependencia del Ministerio de Cultura, en la cual se encontraba el local de redacción y diseño de Cartelera, nos comenzaron a llamar "los dolarizados". Aquel mote traía cola y muy dañina, porque expandió el imaginario de que, además de nuestro salario en pesos, obteníamos dinero fuerte que llevábamos para nuestras casas. Pero hicimos de aquello oídos sordos, cerramos fila dentro del local de Redacción de Cartelera y nos dedicamos exclusivamente a trabajar. Yo era exclusivamente periodista, pero al mismo tiempo hacía labores de jefe de redacción e incluso cerraba negocios con cualquier cliente. Así me vi conversando para vender espacios publicitarios sobre todo con salseros famosos, a la sazón los artistas más adinerados en aquella encrucijada política, social y económica.

El acoso no cesaba. En ocasiones no nos enterábamos mucho, pues en realidad trabajábamos a puerta cerrada durante toda la jornada, pero como el director de la publicación, Virgilio Calvo, asistía a Consejos de Dirección en CREART, la entidad dentro de la cual se hallaba entonces Cartelera, sí recibía aquellas señales no precisamente sancionadas por las autoridades culturales, sino a través del rumor y el chisme de pasillo, llegamos a la conclusión de que existía un peligro atroz, pues a CREARTestaba arribando para dirigirla un personaje tenebroso: el periodista argentino-cubano Jorge Timossi. Salido de la Agencia Prensa Latina, donde estuvo durante décadas, esta especie de comisario cultural devino cuadro ideológico al cual, en el momento de dirigir personas y procesos, se le notaba especialmente aquejado de una ceguera humanista muy personal e irreversible: algo así como una re(timossi) pigmentaria, porque no tenía la menor idea de cómo enfocar eficazmente el trabajo en el ámbito de la cultura y el arte. Ante todo ello, institucionalmente se respiraba el aire enrarecido del punteo ideológico de todos los procesos de creación artística. Después de participar en los Consejos de Dirección, Virgilio Calvo se reunía con nosotros para ponernos al corriente y ver si era posible o no reconsiderar una u otra estrategia de preservación de nosotros mismos. De hecho, hubo una cuyo resultado fue magnífico: la de hacer rebotar sobre los pendencieros los criterios echados a rodar en los pasillos de CREART, ubicado entonces en una casa espectacular: la residencia del gran ajedrecista cubano José Raúl Capablanca, en la calle 15, esquina a C, en El Vedado.

Configurada la coraza ética, nos adentramos en un tiempo flexible para avanzar en el trabajo. Pero al mismo tiempo, en la sociedad se hallaba listo un nuevo tramo de la soga tan bien conocida -además de siempre muy bien anudada- para el pescuezo de cada cubano: la de una renovada batalla ideológica. Durante 1994 poco más de 38 mil cubanos se hicieron a la mar buscando llegar a las costas de La Florida. Ese éxodo fue interceptado en alta mar y conducido hasta la Base Naval de Guantánamo, donde el gobierno del presidente estadounidense, Bill Clinton, había dispuesto la creación de un campamento de refugiados. Luego, transcurridos dos años, tuvo lugar el derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate: una operación de las FAR que activó las alarmas en la Casa Blanca. De inmediato se agudizó un período de confrontación extemporáneo -por ser característico de la Guerra Fría- y, como suele ser consustancial a los regímenes autocráticos, se recrudeció la persecución ideológica dentro de la siempre incipiente y deprimida sociedad civil cubana. De ese modo, en Cartelera, si con el director existía un diálogo fluido en relación con el proceso de trabajo, en torno a lo político -que en Cuba desde 1959 es invariablemente lo ideológico-, la desconfianza siempre estaba latente y podía desbordarse en cualquier momento, pues Virgilio Calvo era en extremo desconfiado. Siempre he tenido la mala costumbre de crear motes en circunstancias singulares, e incluso cruciales. Estimulado por aquella sonora desconfianza de Virgilio Calvo, empecé a llamarlo Sigilio Calvo. Conseguí el acabado del mote vulnerando adecuadamente la voz "sigilo" para conseguir similitud fonética con el nombre real. A partir de ahí, por supuesto, todo el equipo de Cartelera comenzó a referirse al director por medio del nombrete, tal y como identificamos los cubanos el término "mote". En una ocasión, Virgilio se enteró y por fortuna se echó a reír.

Un caprichoso día entró Virgilio sin saludar. Pasó por delante de todos. En ambas  manos sostenía un redondo y enorme reloj de pared. Luego de desfilar por todo el centro del local, llegó hasta la pared del fondo. Se detuvo para mirarla y terminó por colocar centradamente aquel reloj. Retrocedió de espaldas acaso unos tres metros para apreciar si de verdad estaba derecho. Asintió silenciosamente con la cabeza -o al menos a mí me lo pareció- y se marchó sin pronunciar palabra.

Más o menos todos nos miramos. Nadie comentó ni tan siquiera lo más mínimo, pero a partir de aquel instante no hubo conversación que no estuviese condicionada por la presencia del reloj: cualquiera de los destinatarios de una conversación o un comentario hacía una seña indicando la existencia del reloj, en el cual convinimos -tal vez demasiado suspicazmente- que debía tener un micrófono conectado para grabar todo cuanto se hablara dentro del local durante cada jornada de trabajo. Yo fui requerido varias veces. Entonces era un joven de 32 años. Siempre he sido extrovertido en las relaciones sociales, además de que se me da muy fácil la conversación sobre temas de política, o ideología, en diferentes ámbitos. Si a los 32 años me requerían por la extroversión entonces a ratos excesivamente locuaz, a los 63 que tengo ahora mismo no he cambiado sustancialmente. Tampoco lo he intentado y no me arrepiento. Adoro la libertad. Acaso por eso resido en España.

A tenor de las suspicacias, existían razones para creer la existencia de escuchas dentro del local de trabajo, el cual, por la dinámica laboral, como apunté antes, parecía un taller, porque se producía comunicación pública con una perspectiva casi industrial. Esto es una característica del periodismo genuino realizado en diarios, semanarios y publicaciones de frecuencia quincenal. Además de los dólares, otra de las razones para la suspicacia estribaba en las historias personales. El director de la publicación, Virgilio Calvo, había sido periodista del diario Granma, de donde fue sacado de manera abrupta en 1979: miserablemente sometido a una invalidación institucional tan injusta como espantosa. Acaso por eso se explica el exceso de desconfianza en él. También estaba yo -católico declarado-, quien no sufría molestias en demasía, pero portaba un estigma social que a cada paso se me hacía tangible.

Una tarde las pasiones se desataron. El móvil del asunto radicó en el conocimiento público de una de las decisiones inapelables del Estado-Gobierno en torno a la relación entre las dos monedas circulantes: en este minuto no recuerdo bien si el valor del dólar al cambio con el peso había aumentado escandalosamente o disminuido de manera estrepitosa y se hallaba en caída libre. El asunto era que la medida hacía se tambalearan de forma drástica y arbitraria la economía familiar del ciudadano medio, por supuesto. En el debate, ya subido de tono, se acaloró en demasía Lázaro Hondares, quien empezó a despotricar ideológicamente. Escanaverino, con un gesto de apaciguamiento, le recordó con el dedo índice la presencia activa del reloj de pared en su condición de Big Brother. Entonces, ya con el rostro enrojecido. Hondares se viró hacia el reloj y vociferó: "¡Y si me estás grabando, pues pa'la p....!" Los demás estallamos en carcajadas. Hasta ese día llegó la influencia policial del reloj de pared.

Valencia, España, marzo de 2026.

Nota:

Esta crónica está publicada originalmente en la revista Árbol invertido, en Madrid, julio de 2024. En la presente edición he incorporado nombres de algunos protagonistas y realizado una revisión de estilo. También he matizado algunas observaciones.

Comentarios

  1. Has descrito tal cual el tiempo, la etapa y el contexto. Agradezco la facilidad que tienes para recordar y revivir un pasaje importante de tu vida y te felicito. Me gustó mucho ésta nueva publicación y la forma en que terminas con una jocosidad.

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  2. Has descrito tal cual el tiempo, la etapa y el contexto. Agradezco la facilidad que tienes para recordar y revivir un pasaje importante de tu vida y te felicito. Me gustó mucho ésta nueva publicación y la forma en que terminas con una jocosidad.

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  3. Cuentan viejos cronistas de Indias que, tras la caída de Allende, La Habana se llenó de compañeros de la Unidad Popular, y que varios intelectuales andinos fueron a parar al hotel Presidente, adonde acudían regularmente sus pares cubanos para meter muela bizca y tumbarles una botella de ron o bocadito que tú conoces. Una tarde, un refugiado chileno habría dicho, ¡Mirad, compañeros, lo de la DINA (Seguridad del estado pinochetista) es increíble; han llenado diversos espacios con micrófonos camuflados detrás de cuadros y otros objetos, como esa pintura. El más valiente de los visitantes talladores se acercó a un cuadro de la pared del hotel y dijo, dices un cuadro como este y lo descolgó, confiado en la diferencia entre Pinochet y Castro, dejando al desnudo un micrófono tipo cebolla made in RDA y la estampida fue de campeonato. Creo que aún algunos están corriendo y, cuando ven un cuadro, se les corta la respiración. Como diría cualquier jefe de sector policíaco de Cuba: ¡Se te dijo y se te alviltió!

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